LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA AVARICIA. COMPRANDO CARIÑO

En una red social una amiga mía que estaba estudiando en los USA hablaba de una costumbre de allí. Al parecer, si una mujer queda con un hombre y deja que la invite, se sobreentiende que accede a tener relaciones con él. Si, en cambio, pagas a medias se interpreta que no estás por la labor. O sea, que al invitar a la fémina en cuestión la estás literalmente comprando. Pues menos mal que entre las cosas que hemos cogido prestadas a los estadounidenses no está el considerar a las mujeres como potenciales prostitutas.

Una ventaja sí tiene este tipo de intercambio: al menos queda claro en qué consiste, por lo que sabes a qué atenerte. Tienes la opción entonces de dejar claro desde un principio que esa no es la filosofía de tu país de origen, por lo que será necesario cambiar de diálogo para poder entenderse. Por ejemplo, comentarle al maromo de turno que en nuestra amada patria muchos hombres (y otros no, por suerte) se pasan la vida invitando y tratando a las mujeres como princesas en la espera de que un día sucumban a sus encantos. Supongo que bajo el punto de vista mercantilista el negocio no sale muy rentable a priori…

Pero ahora viene la segunda parte: una vez conseguido el objetivo, o bien nos quedamos en un “si te he visto no me acuerdo” (hablando en plata, prometer hasta meter), con lo cual se asume que el sexo sólo es beneficio para los hombres, y asumiendo que consiguen con eso algo de las mujeres, o nos vamos al altar y a partir de ese momento el príncipe se convierte en rana y espera recuperar su inversión teniendo a una esposa que limpie, cocine, barra, friegue, se encargue de los niños y que, en definitiva, pase de princesa a sirviente doncella. Así pues ¿en qué consiste, visto así, el amor? En pura mercancía.

La vertiente femenina estereotipada, suele ser darle al típico presumido aquello que busca: admiración. Se ríe de chistes estúpidos, le ensalza delante de amigos y familia, presume de su “hombre”, como si considerara un mérito haberle “conquistado”, e incluso se muestra como mucho más tonta y estúpida para que él se sienta el macho dominante. Más inversión para conseguir beneficio: ya tengo alguien que “cuide de mí” y me dé hijos. Tengo mi familia perfecta, la que retraté en el anterior artículo. Seguimos con el intercambio de bienes y servicios.

Pero esto no es sólo cosa de la pareja. Alguien que a priori parece súper generoso en realidad puede ser el mayor de los avaros. Seguro que más de uno de vosotros ha tenido algún amigo de esos que te invitan a todo, que te tratan como a un rey/reina, se enfada si intentas pagar, y de repente, de la noche a la mañana, se vuelve roñoso y espera a que seas tú quien invite. Aquí han podido ocurrir dos cosas: o bien ese “amigo” vio en ti una inversión, pensando que si te agasajaba luego se lo ibas a devolver con creces, dejándolo todo en lo meramente económico, o bien lo que buscaba era tu sumisión incondicional. Es decir, que estuvieras pendiente día y noche de lo que le ocurriera, que le apoyaras al 100% en todo lo que hiciera, que estuvieras de acuerdo con sus posturas aunque implicara renunciar a tus propios principios, y que fueras capaz de sacrificarte por satisfacerle. Aquí tenemos a un avaricioso del cariño.

¿Os acordáis de cuando hablaba del chantaje emocional del caso del amigo que ha roto con su pareja y quiere que estés con él aún a costa de sacrificar tu propia vida conyugal? Sería un ejemplo de lo anterior. Pero hay más. Los podéis ver también en el trabajo: ese compañero que va a por tu café, que come contigo, que te invita a cañas de vez en cuando, que te dice qué bueno eres y qué bien lo haces… mira a ver si oculta una mano tras su espalda no sea que tenga un puñal dispuesto a usar para quedar bien delante del jefe. Está utilizando el cariño en su propio beneficio. Es muy probable que esté cerca tuyo para adueñarse de tus ideas y apropiárselas. Avaricia pura y dura, porque lo que quiere es ascender y ganar más dinero.

¿Cómo detectamos si nos están comprando con cariño? En el tema de las relaciones sentimentales parece bastante claro: son reglas sociales muy trilladas que se detectan a las primeras de cambio. Tú decides si esa va a ser tu forma de vida o prefieres otra, en tal caso, no entres en el juego, piensa que una pareja no es un negocio, si no hay sinceridad e igualdad es complicado ser feliz a largo plazo. Con compañeros de trabajo y los amigos puede ser más complicado, sobre todo si te pillan en un momento “bajo” en que estás necesitado de comprensión y afecto, porque esa susceptibilidad puede hacer que caigas en la trampa.

Una señal inequívoca de que te intentan manipular, aparte de la generosidad económica, es la alabanza: valoran tus cualidades en demasía, por encima de lo que tú crees que vales o de lo que te ha comentado gente de tu total confianza. Y otra, la incoherencia: te digo que vales mucho y eres “la leche” pero no tengo en cuenta tus opiniones y te escucho sólo cuando dices aquello que concuerda conmigo, lo demás no me interesa. Alerta roja si en algún momento sientes que en determinadas ocasiones te vuelves transparente, dejas de existir, para esa persona que la mayoría del tiempo parece tenerte en un pedestal.

Tened en cuenta estas señales para no caer en las garras de un avaricioso, porque si además estás con otros problemas, en lugar de ayudarte te hundirán más. Si algo de esa persona no “os cuadra” extremad las precauciones. Y si a pesar de todo caéis, os ayudará mucho a salir confiar en los que sabéis que os quieren de verdad.

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA AVARICIA. ¡ES MÍO!

Regreso a los pecados capitales, que aún me quedan dos. Vamos con un diálogo de cine, de la película “American Beauty”:

– Lester, vas a manchar de cerveza el sofá.
– ¿Y qué? Es sólo un sofá.
– ¡Es un sofá de 4000 dólares!

Por si no habéis visto la película o no la recordáis, os pongo la escena en este enlace:

Para mí, es una de las escenas clave, porque ponía de relieve que para ella era más importante un sofá de seda italiana que una relación de pareja, cortándole el rollo a él cuando intentaba recuperar el romanticismo de sus años mozos. Recuerdo que cuando la vi en las salas (es de 1999), comenté con una compañera de trabajo este punto concreto, y mostró una opinión diferente a la mía:

–   Pues yo la entiendo a ella. Ha montado su casa con su sofá bonito, y no quiere que se le estropee. Es su hogar, es su espacio, es su sueño…

Me encuentro a menudo con un problema muy común en las parejas, y es que no saben diferenciar entre su proyecto de vida y su proyecto de compartir esa vida con alguien a quien amas. Con “proyecto de vida” me refiero a esa bonita casa con el monovolumen a la puerta, el salón perfectamente decorado, las habitaciones de los niños con sus juguetes, una cocina donde desayunar felices antes de ir al trabajo y/o cole, y un empleo bien remunerado que te permita una vida, sino lujosa, si cómoda y con algún caprichito de vez en cuando. Lo que nos venden en las películas estadounidenses, vamos, y justamente lo que se desmitifica en esta película.

No hay nada malo en tener este tipo de sueños, por supuesto, pero siempre y cuando no se superpongan a la relación de pareja, si es que quieres que ésta funcione. Y es lo que hace Carolyn (magistralmente interpretada por Annette Benning) al dar más importancia a una mancha en un sofá (¡es sólo un sofá!) que a la recuperación de la pasión con Lester (el gran Kevin Spacey).

En terapia me he encontrado con mujeres más interesadas en su sueño de vestirse de blanco y tener hijos que en la persona a quien eligen para tal propósito. Y que, empeñadas en que se cumpla, intentan teñirle de azul y convertirle en el símbolo de ciertas galletas rellenas de chocolate: quieren que sea romántico, detallista, que las trate como a princesas… Y en el sexo opuesto, hombres que tras una separación no soportan que les quiten “su casa” y “sus hijos” (aunque sea custodia compartida), a pesar de que “ella ya no me importa una m…” (palabras textuales). Es decir, aunque no quieran a su pareja se empeñan e seguir manteniendo el núcleo familiar porque lo consideran “suyo”, como si su cónyuge e hijos formaran parte del mobiliario de la casa. Aunque no haya sexo. Aunque no haya cariño. Aunque los hijos (que por pequeños que sean no son tontos) se den perfecta cuenta de que sus padres no se aman. Da igual el género, en unos casos serán las mujeres y en otras los hombres, de una forma u otra, pero en el fondo el sentimiento es el mismo: el de propiedad. Quiero lo mío. Lo mío para mí, y no consiento que me lo quiten. La avaricia.

Como veis, no estoy hablando de dinero. En el famoso cuento de Navidad de Dickens, el avaro Scrooge se veía solo porque nada más le interesaba acumular riqueza, y todo lo demás eran tonterías, incluyendo el afecto a sus congéneres. Pero también puedes acabar solo si en tu avaricia entra el propio ser humano. No sólo en la pareja, también ocurre con los hijos. Hablo de esos padres que se consideran los dueños de sus vástagos. Tú haces lo que yo te digo porque soy tu padre y soy quien manda aquí. Me obedeces porque soy tu madre y yo “te he parido”. Es comprensible que si tienes un hijo un poco rebelde, acabes soltando frases de este tipo cuando a base de razonamiento no consigues que haga lo que es mejor para él/ella, o deje de hacer lo que le perjudica. Pero si realmente consideras que sólo por el hecho de ser su padre/madre tiene que hacer lo que tú le ordenes, vas a fraguar un “rebelde sin causa”, que abandonará el hogar familiar a las primeras de cambio y no querrá saber nada de ti en un futuro, o un sumiso indefenso, al que le va a resultar muy difícil manejarse en la vida porque no ha podido desarrollar su personalidad.

Si estás notando que algo falla en tu familia, con tu pareja, con tus hijos, reflexiona sobre si estás siendo avaricioso y te empeñas en que las cosas sean como tú quieres sin pensar en cómo quieren los demás que sean. Ser flexibles y negociar son las bases para una buena convivencia, y si a pesar de todo tu relación se va a pique, no pienses que has perdido algo “tuyo” sino que no ha funcionado, y toca pasar página. Si tienes hijos, no los quieras sólo para ti, son personas, no sofás. Y si no sabes cómo negociar… vente a mi consulta o a uno de mis talleres de habilidades sociales. ¡Se aprende mucho y lo pasas muy bien!

En el próximo artículo hablaré sobre los avariciosos del cariño.

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LA DISONANCIA COGNITIVA: EL AUTOENGAÑO

Disculpad el retraso, llevo un año un poco complicado y no he podido ponerme a escribir antes. Ahora ya lo he retomado e incluso con más ganas: he hecho un nuevo blog dedicado a la psicología deportiva en la que narro en primera persona la lesión que acabo de padecer. Tanto si sois deportistas como si no, creo que podéis aprender mucho sobre cómo afrontar desde el punto de vista psicológico una lesión, deportiva o no, o una enfermedad. Éste es el blog:

https://cq-psicologia-deporte.blogspot.com.es/

Sigo ahora con la disonancia cognitiva, pasando a exponer cuándo nos engañamos a nosotros mismos. Y qué mejor empezar por la famosa fábula de la zorra y las uvas, aquella en la que cuando la raposa no puede alcanzarlas exclama algo así como:

“Bah, ¿para qué seguir intentándolo? ¡Están verdes!”

La fábula, cuando se le cuenta a los niños, trata de enseñar que hay que perseverar en el esfuerzo. Yo la voy a explicar bajo la teoría de la disonancia. Cuando no podemos conseguir algo, lo devaluamos para intentar resolver el conflicto que nos produce quererlo y no tenerlo. Vamos con los ejemplos:

–   En el trabajo: le dan el ascenso que tú esperabas a otro. “Bueno, no importa, total, va a  tener que viajar más y yo prefiero estar en casa con los míos”.

–   Cuando te deja tu pareja: le empiezas a sacar todos esos defectos que antes considerabas virtudes (de “me encanta su espíritu infantil” a “niñato inmaduro”) y niegas que te esté afectando “ya lo tengo superado” (y no ha pasado ni un mes…). Para rematar, a las primeras de cambio te lías con el primero/a que pasa. ¿La mancha de mora madura otra verde la quita? Me parece a mí que tanto verde puede resultar indigesto.

–   Perdiendo al mus (o cualquier otro juego): no me entran cartas, el otro tiene más   suerte, el viento sopla en mi contra o los astros están contra mí.

Las excusas suelen ser habituales en el autoengaño. Muy típico de quien lleva muy mal reconocer sus errores, porque no quiere verse a sí mismo como alguien que “falla” y por eso intenta cambiar la percepción de lo que ha provocado ese “fracaso”. Es un signo del envidioso, como vimos en el artículo que publiqué sobre este pecado capital: prefieren pensar que los demás tienen más suerte o han nacido con una flor en el trasero a esforzarse y aprender de sus errores.

El autoengaño suele acarrear también una piedra en la mochila. La de quien justifica seguirse comportando de una forma en que se daña a sí mismo o a los demás por supuestos traumas infantiles, educación deficiente, discriminación, desengaños sentimentales… Por supuesto que hay heridas que cuesta cicatrizar, pero una vez que está identificada la causa que te hace infeliz, está en tu mano dejar de prestarle atención: si estás todo el rato recordando lo mal que lo pasaste y echándole la culpa a tu mala suerte pasada de lo que te ocurre no vas a conseguir cerrar nunca esa herida. Lo mismo ocurre con esa otra justificación de “es que he nacido así”, como comenté en el primer artículo de las piedras en la mochila. Si no estás a gusto siendo como eres ¡cambia! ¡Esfuérzate en hacerlo!

¿Por qué hay gente que no lo hace? Lo primero de todo, porque supone un gran esfuerzo, como para la zorra saltar a por las uvas. Y lo segundo, porque mientras se cuelgan a sí mismos la etiqueta de “emotivos”, “sensibles”, “heridos” e incluso “con falta de autoestima” están recibiendo la atención por parte de su entorno. ¿Para qué saltar a por las uvas si puedo conseguir que alguien me las baje? Pues para evitar que tu felicidad dependa en gran medida de las personas que están a tu alrededor, y de hacerle chantaje emocional a esas personas que se preocupan por ti.

No te quedes en el corto plazo: mira más allá. Si querías ese puesto de trabajo, sigue luchando por conseguirlo. Si te han dejado, admite que estás mal, es el primer paso para superar el duelo. Y si pierdes, no está tan mal la frase de “lo importante es participar”. Nadie acierta a la primera, ni gana a la primera. Hay que practicar…

Cuando decidas renunciar a algo, revisar por qué lo haces, y observa si te estás comportando como la zorra. Si notas que no estás bien y no sabes por qué, un psicólogo te puede ayudar a descubrir esos autoengaños, y darte herramientas para que aprendas a luchar por aquello que deseas.

OjosTapados

LA DISONANCIA COGNITIVA: CÓMO TE MANIPULAN

He decidido hacer un inciso en los pecados capitales para tratar más en profundidad la disonancia cognitiva, analizando el proceso que nos lleva a ser manipulados, autoengañarnos, o ambas cosas. Comienzo con la manipulación.

–   No quiero que me cambien. Prefiero morir siendo como soy.
–   Yo no puedo permitirme pensar así. Tengo una hermana.

Pita y Katniss en “los juegos del hambre”. El primero prefiere morir a dejar de ser fiel a sí mismo. La segunda considera que su vida se debe a sus seres queridos, y en su afán de no fallarle a su hermana está dispuesta a sacrificar sus valores.

–   Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros (Groucho Marx).

Hay una gran diferencia entre decidir por ti mismo que quieres cambiar tu forma de ser porque sientes que no eres feliz siendo como eres, como dije en uno de mis artículos, y otra que te manipulen, no sólo en el entorno laboral, sino en muchas otras facetas de tu vida.

Quiero hacer un apunte respecto al artículo anterior y la anécdota que conté. No es sólo querer comerse la zanahoria lo que condicionaba a mi compañero, sino también la evaluación social (cómo me voy a ir si se quedan mis compañeros), y el paternalismo que utilizan muchas empresas para engañar a sus empleados (mamá empresa me cuida, me da de comer…). A otro antiguo compañero que decidió irse a otra consultora donde le pagaban mejor,  el responsable de RRHH le habló como si estuviera cometiendo una herejía:

– Ah, pero… ¿te vas por dinero?

La frase de “una empresa no es una ONG” se la he oído a más de una persona para justificar que ciertos empresarios sólo piensen en ganar dinero. Pero en cambio quieren que sus empleados trabajen como si estuvieran en una ONG. Qué curioso ¿no? La disonancia cognitiva resultante del conflicto entre el principio de “no quiero que me exploten” con la realidad de “me están explotando” se resuelve pensando que no te explotan, sino que estás haciendo lo mejor para la empresa porque la empresa quiere lo mejor para ti, por eso te “da” trabajo. Y mejor no enterarme de los beneficios que tienen porque el conflicto vuelve cuando veo que a mí no me suben el sueldo ni un miserable euro. La disonancia, por tanto, puede ser tan difícil de soportar que nos volvamos ciegos, tontos y sordomudos (que diría Shakira) para no ver aquello que nos hace entrar en conflicto.

El ejemplo se ve aún más claro en el caso de la violencia de género y el maltrato infantil. Entre nuestros principios comunes, por norma general, está el de pensar que nuestros seres queridos van a cuidar de nosotros, y nunca nos harán daño. Papá y mamá sólo quieren mi bien, pero resulta que papá ha tenido un mal día y me suelta un tortazo porque vierto el vaso de agua en la mesa. Y así día tras día, año tras año. El conflicto surge porque el niño cree que su padre le debe proteger, pero la realidad es otra. La disonancia la resuelve pensando que es un niño malo, torpe, inútil, y eso repercute en graves problemas de autoestima y dependencia paterna. El niño, incluso siendo ya un adulto, estará siempre buscando la aprobación de su padre.

En cuanto a la violencia de género, son muchos los factores que influyen en su desarrollo, como rasgos de personalidad y antecedentes de esa violencia en tu propia familia, pero también entra en juego la disonancia. Los maltratadores no lo suelen llevar escrito en la frente, más bien al contrario, al principio de la relación suelen ser encantadores, románticos, detallistas, te cuidan, te miman, te protegen… por lo que parecen unos “auténticos caballeros”. La futura víctima se siente tan bien que cuando la cosa cambia y empieza el maltrato no se lo puede creer.

La disonancia surge porque ella sintió que él la protegía y que siempre iba a ser así, pero poco a poco el hombre va menospreciando lo que hace, socavando su autoestima (el maltrato suele ser al principio sólo psicológico) hasta que cuando siente el primer golpe se tropieza de bruces con esa realidad que le cuesta aceptar. Pero no puede ser. Él me quiere. Me lo ha demostrado un millón de veces. Ha cambiado. Debe ser mi culpa, me lo lleva diciendo mucho tiempo, si es que soy una inútil, no pienso en cómo se siente, sólo me preocupo por mí misma, soy una egoísta, no soy capaz de apreciar todo lo que hace por mí…. La disonancia la resuelve devaluándose a sí misma porque no quiere ver a ese ser que antes era tan maravilloso como el monstruo que es.

Revisa los conflictos internos que tienes y observa a tu alrededor quién o quiénes te los están provocando. Si los encuentras, trata de averiguar qué intereses les mueven. Así podrás buscar un remedio, plantarte ante ellos, hacerte valer, o alejarte. Y si no sabes cómo, vente a la consulta.

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA GULA. PERSIGUIENDO UNA ZANAHORIA

¿Qué os sugiere la imagen con la que ilustro este artículo? Seguro que habéis pensando en alguien al verla. ¿Y en vosotros mismos? ¿No?

….

Bueno, voy primero de todo a poneros un enlace a un experimento muy interesante de un tal León Festinger, que para mí es una de los mayores descubrimientos que he hecho en todos los años que he estudiado psicología. No son ni 4 minutos, y os aseguro que merece la pena:

¿Cómo veis ahora al burro que persigue a la zanahoria? ¿Lo identificáis con alguien o con alguna situación?

Os pongo un ejemplo: el estrés laboral. Por lo que he observado en mis pacientes, suele haber una causa común: las políticas de empresa que valoran más la sumisión que el rendimiento. Es más, incluso premian la tiranía de los jefes y la falta de solidaridad entre compañeros (las famosas “puñaladas traperas”). Y quien lo soporta o entra en el juego no lo hace sólo por conservar su puesto de trabajo, sino por perseguir esa zanahoria en forma de reconocimiento (ascenso) que aunque se produzca, resulta insuficiente comparado con el sacrificio que el empleado realiza, pero a pesar de ello persiste. Y no sólo lo he visto en mis pacientes, sino que lo he vivido en mi época de oficinista. Tengo un recuerdo, en concreto, de un colega de otro departamento que, tras salir de un curso dado por la empresa, cuando mis compañeros de equipo y yo decidimos irnos a nuestra casa porque era la hora de salida, nos dijo muy sorprendido:

–   Pero… ¿no volvéis a la oficina? ¿Cómo podéis hacer eso?

La expresión era de tal incredulidad (incluso pánico) que me dio hasta pena. Se sentía culpable porque, como los sujetos del experimento que he puesto arriba, había modificado sus creencias para seguir dedicado a la empresa en cuerpo y alma aunque no le abonaran las horas extra (no se pagaban).

De la misma forma, un jefecillo que decide maltratar a sus subordinados se autoengaña pensando que “así funcionan las empresas“. Quien hace quedar mal al compañero, se aprovecha de su trabajo o le hace la pelota al jefe también se justifica ante sí mismo pensando que cada cual “debe luchar por lo suyo“. El director de una multinacional que decide reducir plantilla y cerrar fábricas a pesar de tener beneficios se dice a sí mismo que “es la política de empresa“. O el que paga sueldos míseros a niños en los países en vías de desarrollo se cree todavía un benefactor porque “gracias a mi pueden llevar comida a su casa“.

Tanto mi pobre ex compañero como ese director siguen pecando de gula, la diferencia es que el primero carga con mucho peso persiguiendo a esa zanahoria y en cambio el otro irá consiguiendo objetivos pero seguirá con hambre porque nunca tiene suficiente, como comentaba en el artículo anterior.

Llegados a este punto ¿habéis identificado a vuestra zanahoria? ¿Creéis que podéis conseguirla? Y ¿habéis calculado cuánto peso os vais a echar en las alforjas?

Otros ejemplos de disonancia cognitiva fuera del terreno laboral lo tenemos en la propia justificación de las adicciones:

– Sé que fumar es malo para mi salud, pero lo necesito para calmar mis nervios. Mentira. La nicotina excita, no relaja.
– Mi abuelo fumando toda la vida vivió 90 años. ¿Y te olvidas de quién si falleció a causa del tabaco? Otro detalle de la disonancia: atiendo sólo a lo que me interesa para no entrar en conflicto conmigo mismo.

Y de las infidelidades (me justifico para seguir “engullendo” a mi amante):

– Buscando defectos a mi pareja: “es que no me entiende”, “no me da todo el sexo que necesito”.
– Achacándolo a la relación: “llevamos juntos demasiados años, y eso desgasta”,  “empezamos demasiado jóvenes”.

Para saber si por culpa de una disonancia cognitiva te estás autoengañando, echa un vistazo a ver quién eras antes y en qué te has convertido. ¿Te has alejado mucho de tus valores? ¿Te compensa? ¿Y cómo crees que afecta a tus seres queridos? Dicen que un paso atrás ni para tomar impulso, pero echar un vistazo… ¿te atreves? Si no, ya, sabes, la psicología puede ayudarte a reencontrarte contigo mismo y a vivir sin disonancias.

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA GULA. LO QUIERO TODO

Tras el parón navideño, regreso con la segunda parte de la gula.

En el artículo anterior hablé de este pecado capital desde la perspectiva del exceso que se produce cuando necesitas evadirte de sensaciones desagradables, utilizando comida, bebida o sustancias para sentirte mejor. Hoy cambio de tercio: me voy a referir a la gula como sinónimo de la ambición desmedida, esa “enfermedad” tan común en nuestros tiempos.

Un amigo que pertenecía a una asociación sin ánimo de lucro me dijo una vez que para evitar que el próximo responsable de la misma no robara como el anterior, había que escoger a un gran empresario. Su teoría era que si tenía dinero no necesitaba robarlo. Seguro que no pensó en esta cancioncilla:

Todos queremos más…
Todos queremos más…
Todos queremos más, más y más y mucho más…

La mayoría de los millonarios por lo general nunca tienen bastante y si tienen un coche deportivo, quieren un barco, y si consiguen el barco, querrán un avión, y así hasta el infinito. Es decir, nunca se sacian. ¿De qué estamos hablando otra vez? De hambre. Aquí tenemos otra vez a nuestra amiga la gula (no la del Norte) 😉

Pero la ambición no es algo tan simple como acumulación de dinero. ¿Qué imagen doy si tengo mi propio jet? La de una persona poderosa. ¿Qué piensan de mi los que me ven rodeado de hombres/mujeres espectaculares? ¡Pedazo de macho/hembra! ¿Cómo me ven aquellos que se quedan sorprendidos con mi discurso? Como un sabio o un intelectual. ¿Y los que me admiran por mis gestas deportivas? Como un ejemplo a seguir. Volvemos a las apariencias que están alimentadas por el deseo de poder. Ser cada vez más en lo que sea. No tener nunca bastante. Dejarme la vida en conseguir tener lo máximo y más allá. Seguimos teniendo gula.

La inquietud, el no conformarse, querer aprender y con ello evolucionar está escrito en nuestros genes, si no fuera así seguiríamos viviendo en cavernas y cazando animales a garrotazos para alimentarnos. Pero cuando esa ambición se desata, centras tanto tu atención en lo que puedes conseguir que dejas de apreciar lo que ya tienes. Vives más en el futuro que en el presente. Y te pierdes un montón de cosas. Hasta puedes dejar a gente por el camino.

Dicen que el triunfador suele estar solo. De tanto devorar en lugar de personas va dejando esqueletos con los que nunca más podrá contar, y se rodea de gente a la que sólo le interesa prosperar. Pero ¿qué importancia tiene que mi pareja me abandone, que mis amigos ya no me llamen o que mi hijo me rechace si sigo teniendo la admiración (e incluso el temor) de tanta gente?

Si has llegado a ese punto en que sientes que tu gente de “toda la vida” ya no está contigo, plantéate si no te estás engañando a ti mismo y en el fondo sabes que te afecta. Lo puedes notar si empiezas a estar más agresivo, con más ansiedad, problemas de sueño, o incluso si desarrollas enfermedades psicosomáticas relacionadas con el sistema inmunológico: psoriasis, asma, alergias, artritis… eso significa que tu organismo no está tan de acuerdo con tu ambición como tu propia mente. Se está rebelando. Eres un ser humano, no una máquina. Y no eres tan autosuficiente como crees.

Si te identificas con este último párrafo, repasa tus objetivos y pregúntate si no le estás pidiendo demasiado a la vida. Quizá es más importante aportar algo que exigirlo, ser generoso mejor que ambicioso, apreciar más el cariño que la admiración, ayudar en lugar de ordenar, y aprender a querer antes que esperar ser queridos. Y si aun así no consigues controlar tu hambre… vente a mi consulta.

En el próximo artículo hablaré de una teoría muy interesante en psicología: la disonancia cognitiva, que asimismo relacionaré con la gula. ¡No os lo perdáis!

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA GULA (ANSIA VIVA)

Sabor de amor
todo me sabe a ti
comerte sería un placer porque nada
me gusta más que tú

Mirad lo que dicen los de Danza Invisible en una de sus canciones más famosas. Y yo me pregunto ¿comerte a otro ser humano es gula?  😉 . Vamos a ver que dice la RAE:

Exceso en la comida o bebida, y apetito desordenado de comer y beber.

Desde el punto de vista psicológico, es fácil identificar los trastornos asociados a este pecado: bulimia, comida compulsiva, obesidad, alcoholismo, abuso de sustancias… Pero no sólo se trata de comer y beber, sino de un exceso en general de lo que sea: compras compulsivas, internet, redes sociales, móvil, ludopatía… Y yo iría un poco más allá: ese “ansia viva” que supone una ambición desmedida. Querer tenerlo todo. No tener nunca suficiente, lo que te lleva a no apreciar lo que tienes. Pero vamos por partes.

Adicciones

Hay varios factores que influyen a la hora de desarrollar una adicción: el más habitual es lo que los psicólogos denominamos baja tolerancia a la frustración (BTF). Se refiere a la poca capacidad para soportar los inconvenientes, las dificultades, aguantar que las cosas no te salgan como esperas, que las personas de tu entorno no se comporten como tú quieres que lo hagan, y, en definitiva, no conseguir lo que deseas.

Ella se fue por qué no me lo dijo…

Quiero beber hasta perder el control…

Enrique Urquijo lo muestra en su canción: no soporto que me hayan dejado, voy ahogar mis penas en alcohol. Estoy estresado en el trabajo, me dedico a tomar copas con los compañeros a la salida para “relajarme”. Llevo seis horas estudiando para un examen, se me cruzan las letras, voy a hacer un descanso y ataco la nevera. Las causas son diferentes, pero todas llevan a ese exceso:

– El amante abandonado no soporta sufrir por la pérdida de su amor, y utiliza el alcohol como analgésico.

– El currante “al borde de un ataque de nervios” desea “desconectar” tomando copas con los compañeros para desahogarse y de paso poner verde al jefe y/o al trepa de turno.

– El estudiante agobiado le dedica muchas horas al estudio y obtiene poca recompensa, sobre todo si a pesar de pelarse los codos pelados suspende. El cerebro está a pleno rendimiento y pide glucosa para alimentarse: ay qué pinta tiene esa palmera de chocolate… y el estado de ánimo pide algo que le haga sentir bien: qué ricas están las patatas fritas.

La ansiedad también está presente en las adicciones. Es el miedo al sufrimiento, a no ser capaz de enfrentarte a los momentos duros, y sobre todo… miedo a tomar decisiones. Miedo a equivocarse. Miedo a tomar el camino erróneo.

Toma las riendas de tu vida

El miedo es un pozo sin fondo. Si cedes ante él cada vez es más profundo. Es comprensible que tengas momentos de debilidad cuando sufres un varapalo, y que puedas “pasarte un poco” alguna que otra vez, pero si por norma utilizas comida, bebida, drogas, o cualquier otra cosa para “evadirte” o para enfrentarte a las dificultades, puedes tener un problema.

Analiza qué es lo que no te gusta de tu vida, si tu relación hace tiempo que hace aguas, mejor tomar la decisión de romper que seguir enganchado a quien no te hace feliz y tratar de “no pensar” buscando algo que te evada. Lo mismo ocurre con tu trabajo: cambiar no es fácil, pero quizá puedas formarte más, pedir cambio de puesto, o ponerle límites a tus jefes y compañeros. Y si al estrés laboral le añades el familiar, por ejemplo con niños pequeños que requieren mucha atención, procura descansar haciendo cosas que te gusten sin que te lleven a una adicción: ejercicio físico, aficiones, jugar con tus hijos, salir con tu pareja y/o amigos sin necesidad de ponerte ciego a alcohol o a comer de forma compulsiva.

Y si el problema es que no encuentras la forma de cambiar, de reinventarte, que el miedo al cambio te paraliza o que sientes que tu vida no tiene sentido, la psicología te va a ayudar a identificar tus carencias, tus necesidades, y los recursos que tienes para cubrirlas y enfrentarte a tus miedos. El psicólogo también te puede orientar en el proceso de toma de decisiones, aprendiendo a evaluar los pros y los contras, los resultados a corto, medio y largo plazo, y así poder tomar con pleno conocimiento de causa el mejor camino a seguir para estar más satisfecho con tu vida.

En el próximo artículo hablo de la ambición.

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