Piedras en la mochila: las etiquetas

 
No le gusta que le den besos
No para ni un minuto, lo revuelve todo
Se pasa el día llorando
Come muchísimo, se traga el biberón todo de golpe, sin parar
Está todo el día durmiendo, no hay quien le saque de la cuna
No tiene amiguitos en la guardería

¿Os suenan estas frases? ¿Las habéis sufrido en vuestras propias carnes? ¿O las habéis pronunciado? Ya en nuestra más tierna infancia nos encontramos con afirmaciones como éstas que a lo que nos llevan es a etiquetarnos:

– Antipático.
– Inquieto.
– Llorón.
– Tragón.
– Dormilón.
– Bicho raro, solitario.

Desde bien pequeños familiares, amigos y conocidos nos colocan la etiqueta, y te la dejan pegada por años y años, puesto que, sobre todo a la familia que te ve crecer, le cuesta verte de otra forma por más que te crezca la barba o los pechos. Pero, no conformes con cargar con esos calificativos otorgados a una temprana edad, seguimos encontrándonos con personas que les gusta clasificar y te cuelgan más etiquetas, según el entorno en el que nos encontremos:

En el trabajo: metódico, trepa, pelota, listillo, caradura…
Con los amigos: tímido, popular, falso, descarado, líder, pringado, friki…
Con la pareja: mandón, calzonazos, quejica, histérico, gruñón, vago…

Tenemos tendencia a definir a las personas según ciertos rasgos de personalidad por un motivo: para prever su conducta y saber cómo manejarnos en situaciones sociales. Pero también por un tema de comodidad: para qué me voy a molestar en fijarme en detalles, mejor sigo con mi idea original y así no me esfuerzo. Por ejemplo, cómo éste es un bicho raro, paso de tener una conversación con él, seguro que no tengo nada en común. ¿Seguro? ¿Y si no es tan bicho raro como parece? ¿Y si simplemente es diferente a otras personas que conoces y si te molestas en conocerlo vas a descubrir que tiene mucho que aportarte?

Hago hincapié en esa etiqueta de “bicho raro” porque es la que peor llevan los pacientes en mi consulta. Ser clasificado como “diferente” lleva a la incomprensión y al rechazo, por lo que la persona puede llegar a sentirse muy sola. Y lo que es peor: que actúe conforme los demás le ven y no cómo es realmente. Ahí es cuando la etiqueta se convierte en una piedra en la mochila: cuando asimilas que, como la gente te ve de determinada manera, te comportas como esperan que lo hagas. Y dejas de ser tú mismo.

Si quieres quitarte esa piedra de la mochila, ignora a quien te sigue etiquetando y compórtate como te apetezca y como te sientas bien. Quien realmente merece la pena es quien es capaz de ver en ti más allá de la etiqueta que te han colgado. Y si te duele especialmente el calificativo de “bicho raro” piensa que para gustos están los colores, por lo que no siempre vas a ser un “friki” para todo el mundo, sino en función de con quién te relaciones. Un canguro en Europa es un bicho raro, no así en Australia. Y si eres un canguro y no te queda otra que vivir en el viejo continente, pega unos cuantos saltos con tus grandes patas y deja que los demás te envidien. ¡A veces ser diferente es una gran ventaja!

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Piedras en la mochila: el orgullo

Muchos os sorprenderéis al ver que planteo el orgullo como una carga que nos impide ser felices. Puede que os parezca lo contrario, que el orgullo es bueno, porque sirve para evitar que los demás “te pisoteen”. Pero si nos atenemos a la definición de la RAE, no parece que sea precisamente una cualidad del ser humano:

Orgullo: Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.

No hay que confundir orgullo con personalidad. O sentirse en un momento dado orgulloso por algo que has hecho con ser orgulloso. El orgullo sobreestima nuestras supuestas virtudes y menosprecia las de aquellas personas que son diferentes a nosotros. No es necesario erigirte en abanderado de ti mismo para demostrar que tienes personalidad. Puedes estar contento con cómo eres sin tener que defender a capa y espada tus puntos de vista y negarte a escuchar a los demás por miedo a que piensen que “eres menos”. Pero el orgullo está a veces tan metido dentro de nosotros que cuesta identificarlo y sobre todo, cuestionarlo. Y es porque en algunos casos nos lo han inculcado a nuestra más tierna edad.

El estar “orgulloso” por ejemplo, de tu hijo, suena bien, parece que le tienes en gran estima. Pero según la RAE, lo que estás haciendo es disimular la arrogancia atribuyéndole una causa noble: que aumente la confianza en sí mismo y le sirva como baluarte para desarrollar su personalidad. Pero a la vez estás cargando sobre el niño una tremenda responsabilidad: no puedo fallar a mis padres, porque entonces no se van a sentir orgullosos de mi. Así pues, si tus padres a menudo decían esto de ti, debes saber que te colocaron una gran piedra en la mochila. Lo hacían con toda la buena intención, desde luego, pero existen alternativas mejores para hacer que un niño se sienta querido en el seno familiar. Por ejemplo, siendo realistas y apreciando también aquellos aspectos de su carácter de los que no te sientes tan orgulloso, como esos pequeños “defectos”, despistes, errores y chiquilladas varias que hacen todos los niños y que son necesarios para su maduración como adultos.

En el deporte infantil es bastante patente, sobre todo si hablamos de disciplinas con mucha repercusión social y que mueven mucho dinero como el tenis o el fútbol, el perjuicio que supone ese orgullo excesivo de los padres hacia los hijos, cuando el niño siente que si no es bueno en el deporte sus padres no le van a querer. Sí, esto pasa, y más a menudo de lo que pueda parecer. Y cuando ese niño crece, sigue con esa necesidad de esforzarse por orgullo, y pasa de querer que sus padres se sientan orgullosos de él a ser orgulloso en sí mismo.

El orgullo entonces te lleva a compararte con los demás, a querer ser más, a padecer la envidia, a no querer recibir una ayuda por miedo a parecer débil, e incluso a tomar decisiones en contra de tus principios. Con lo cual en lugar de tener una personalidad basada en valores personales y en el respeto hacia los demás, pasas a ser un títere que cree que está moviendo sus propias cuerdas cuando en realidad son otros quienes lo hacen. ¿Qué cómo? Imagina que tienes una idea concreta sobre algo y resulta que una persona que te cae mal piensa igual que tú. Si eres orgulloso, no puedes consentir estar de acuerdo con dicho individuo, con lo cual prefieres cambiar tu opinión previa para que no parezca que “cedes” ante tu “enemigo”. ¿Quién maneja entonces los hilos?

Empeñarte en mantener tu punto de vista contra viento y marea te lleva a ser una persona inflexible que no evoluciona jamás. Y negarte a recibir ayuda cuando la necesitas y quien te la da lo hace de forma desinteresada, por muy diferente que sea a ti, te convierte en un ser amargado y triste. La vida es muy corta, y no merece la pena pasársela enfadado con el mundo por el estúpido orgullo ¿no crees?

 

Piedras en la mochila: “es que soy así”

Empiezo una serie de artículos sobre lo que algunos psicólogos  denominamos popularmente “piedras en la mochila”, que son aquellas creencias, prejuicios y limitaciones que nos hemos ido cargando a la espalda a lo largo de nuestra existencia. Voy a empezar por algo muy común en mi consulta, una frase que muchos pacientes me dicen cuando les pregunto por qué actúan de determinada manera “es que soy así“.

Cuando yo era adolescente mi padre me dijo: “si estás bien siendo como eres, estupendo, pero si no ¿por qué no cambias?”. Creo que fue uno de los mejores consejos, si no el mejor, que me han dado en mi vida. Ahora alguien me dirá: no es fácil. Por supuesto que no lo es. Pero tampoco imposible. A menos que entre esas creencias que forman parte de tu mochila esté la de “no puedo cambiar”, porque “si cambio significa que no tengo personalidad”,  “qué van a pensar los demás de mi si cambio de forma de ser”, o cualquier otra excusa que te quieras poner.

Fuera piedras. Si quieres cambiar aspectos de tu personalidad porque te has dado cuenta de que sólo son obstáculos para encontrarte bien, sólo necesitas dos cosas: tomar esa decisión y dejar atrás aquellas cosas del pasado que impiden ese cambio, y tener fuerza de voluntad para hacerlo, persistiendo en el empeño hasta que lo consigas.

Es muy común que te llegue un paciente a la consulta y pretenda que sólo le escuches o que le des la razón en todo lo que plantea. Hay gente que sólo viene para eso, y eso lo sabemos los psicólogos. Puede que sea cierto que sólo necesiten ser escuchados, pero incluso en ese caso es necesario un cambio de actitud: no puedo creerme que en el entorno social más cercano de esa persona no haya nadie en quien pueda  confiar y por eso acuda al psicólogo. Por tanto, incluso en estos casos es bueno que la persona cambie para ser capaz de encontrar a ese amigo, pareja o familiar con quien sentirse comprendido y apoyado.

Los psicólogos estamos para algo más que para escuchar. Nuestro trabajo implica ayudarte a cambiar para que estés más contento contigo mismo y con tu vida, y acompañarte en esa transformación. Recuerda la famosa frase de “los cambios suelen ser para bien” y anímate a darle una vuelta a tu personalidad y eliminar todo aquello que no te gusta de ti para dar paso a lo que quieres ser. ¡Verás que alivio vas a sentir al quitarte esta primera gran piedra de tu mochila!