Piedras en la mochila: el orgullo

Muchos os sorprenderéis al ver que planteo el orgullo como una carga que nos impide ser felices. Puede que os parezca lo contrario, que el orgullo es bueno, porque sirve para evitar que los demás “te pisoteen”. Pero si nos atenemos a la definición de la RAE, no parece que sea precisamente una cualidad del ser humano:

Orgullo: Arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.

No hay que confundir orgullo con personalidad. O sentirse en un momento dado orgulloso por algo que has hecho con ser orgulloso. El orgullo sobreestima nuestras supuestas virtudes y menosprecia las de aquellas personas que son diferentes a nosotros. No es necesario erigirte en abanderado de ti mismo para demostrar que tienes personalidad. Puedes estar contento con cómo eres sin tener que defender a capa y espada tus puntos de vista y negarte a escuchar a los demás por miedo a que piensen que “eres menos”. Pero el orgullo está a veces tan metido dentro de nosotros que cuesta identificarlo y sobre todo, cuestionarlo. Y es porque en algunos casos nos lo han inculcado a nuestra más tierna edad.

El estar “orgulloso” por ejemplo, de tu hijo, suena bien, parece que le tienes en gran estima. Pero según la RAE, lo que estás haciendo es disimular la arrogancia atribuyéndole una causa noble: que aumente la confianza en sí mismo y le sirva como baluarte para desarrollar su personalidad. Pero a la vez estás cargando sobre el niño una tremenda responsabilidad: no puedo fallar a mis padres, porque entonces no se van a sentir orgullosos de mi. Así pues, si tus padres a menudo decían esto de ti, debes saber que te colocaron una gran piedra en la mochila. Lo hacían con toda la buena intención, desde luego, pero existen alternativas mejores para hacer que un niño se sienta querido en el seno familiar. Por ejemplo, siendo realistas y apreciando también aquellos aspectos de su carácter de los que no te sientes tan orgulloso, como esos pequeños “defectos”, despistes, errores y chiquilladas varias que hacen todos los niños y que son necesarios para su maduración como adultos.

En el deporte infantil es bastante patente, sobre todo si hablamos de disciplinas con mucha repercusión social y que mueven mucho dinero como el tenis o el fútbol, el perjuicio que supone ese orgullo excesivo de los padres hacia los hijos, cuando el niño siente que si no es bueno en el deporte sus padres no le van a querer. Sí, esto pasa, y más a menudo de lo que pueda parecer. Y cuando ese niño crece, sigue con esa necesidad de esforzarse por orgullo, y pasa de querer que sus padres se sientan orgullosos de él a ser orgulloso en sí mismo.

El orgullo entonces te lleva a compararte con los demás, a querer ser más, a padecer la envidia, a no querer recibir una ayuda por miedo a parecer débil, e incluso a tomar decisiones en contra de tus principios. Con lo cual en lugar de tener una personalidad basada en valores personales y en el respeto hacia los demás, pasas a ser un títere que cree que está moviendo sus propias cuerdas cuando en realidad son otros quienes lo hacen. ¿Qué cómo? Imagina que tienes una idea concreta sobre algo y resulta que una persona que te cae mal piensa igual que tú. Si eres orgulloso, no puedes consentir estar de acuerdo con dicho individuo, con lo cual prefieres cambiar tu opinión previa para que no parezca que “cedes” ante tu “enemigo”. ¿Quién maneja entonces los hilos?

Empeñarte en mantener tu punto de vista contra viento y marea te lleva a ser una persona inflexible que no evoluciona jamás. Y negarte a recibir ayuda cuando la necesitas y quien te la da lo hace de forma desinteresada, por muy diferente que sea a ti, te convierte en un ser amargado y triste. La vida es muy corta, y no merece la pena pasársela enfadado con el mundo por el estúpido orgullo ¿no crees?

 

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