LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA ENVIDIA

Yo sé que me critican
Me consta que me odian
La envidia les corroe
Mi vida les agobia…

Vuelvo a las canciones. Como dirían Alaska y Dinarama: los envidiosos son los que critican, odian y se agobian ante personas, por ser apreciadas o incluso admiradas a pesar de no seguir estrictamente las normas sociales, y que deciden no adaptarse a los demás a costa de su propia personalidad. Y esto ocurre porque les carcome que alguien sea capaz de hacer lo que ellos no se han atrevido, o no han tenido el valor, la fuerza y constancia suficientes para conseguirlo.

La envidia puede estar presente en todas las esferas de nuestra vida:

–   En el colegio, cuando el “empollón” se gana el favor de los profes.
–   En la adolescencia, cuando tu amigo/a liga más que tú.
–   En el trabajo, cuando ascienden al compañero
–   En el deporte, tanto de competición como aficionado, cuando otro corre, salta, pega o es más rápido que tú.

Dicen que las comparaciones son odiosas, y estoy bastante de acuerdo con esa frase. Puede ser bueno compararse si eso te ayuda a progresar y evolucionar, pero cuando la envidia no es “sana”, la tendencia es a menospreciar las cualidades del otro para así sentirse menos inferior. ¿Por qué? Porque es más fácil.

Los envidiosos a menudo comenten otro pecado capital: la pereza. Criticar implica poco esfuerzo, al igual que difamar. En cambio, eso de intentar llegar al nivel del otro… huy qué cansado. O sea, en lugar de “espera, que voy a ponerme a tu altura“, es más bien un “te voy a hacer bajar de ahí porque no me apetece esforzarme en subir“.

La envidia puede anidarse en un ser humano en la niñez y convertirse en un virus que en la edad adulta no sólo va a hacer enfermar a quien lo padece, sino a las personas de su entorno. Para evitarlo, los padres tienen que estar muy atentos, desde que el niño comienza a tener uso de razón, a no hacer comparaciones entre hermanos o compañeros de clase. Cada persona es única, y si en algo otros destacan más, mejor para ellos, seguro que tu hijo/a tiene otras cualidades que puedes fomentar en lugar de  intentar por todos los medios tener en casa al hijo perfecto. Los padres con esa tendencia a que su “niño/a” sea el “number one” suelen ser frustrados que pretenden que sus hijos lleguen donde ellos no llegaron.

–   No sé qué le pasa conmigo, no le he hecho nada y siempre me lleva la contraria.

Una de las conductas más reconocibles en un envidioso es que sistemáticamente cuestione todo lo que dices y adopte un punto de vista opuesto sin apenas argumentos. El envidioso suele estar más pendiente de la persona objeto de su envidia que de sí mismo, y es incapaz de reconocer el esfuerzo del sujeto envidiado. Si nos vamos a los refranes, son los que buscan la paja en el ojo ajeno sin preguntarse si ellos portan una gran viga.

Mira hacia adentro de ti mismo cuando sientas envidia hacia alguien, y pregúntate si realmente quieres ser como esa persona. Si es así, lucha por serlo sin necesidad de menospreciarle/a. Si no, busca tus propios objetivos y sé tú mismo. Si, en cambio, eres de los que sufren la envidia de los demás, recuerda que el envidioso en el fondo es un infeliz, haz caso a Alaska y entona el estribillo de su canción:

A quién le importa lo que yo haga…

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Los 7 pecados capitales

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, rezan los evangelios. O sea, que como no somos perfectos tenemos que pensarnos un poco antes de condenar los errores ajenos. Entonces… ¿podemos “pecar” de vez en cuando sin temor a que nos juzguen? ¿O, por el contrario, si hago algo “malo” me convierto en mala persona?

El ser humano tiende a las dicotomías para simplificar la toma de decisiones. Si alguien os dice que fulanito es buena persona, y le preguntáis ¿por qué lo dices?, lo más probable es que te conteste: porque no ha hecho daño a nadie. Es decir, si no es malo, es bueno. Pero no es tan sencillo. La simplificación conlleva errores, y a veces es tan restrictiva que se constituye en otra piedra más de la mochila. Esto ocurre cuando nuestro esquema de valores que determina lo que es “bueno” o “malo”, se convierte en inamovible pese a quien pese, caiga quien caiga y sean las circunstancias que sean.

A la mayoría de nosotros nos gusta considerarnos “buenas personas”, pero como somos humanos y no androides ¿qué pasa si caemos en la tentación y hacemos algo que se sale de nuestros parámetros de “bondad”? ¿Nos volvemos “malos”? Este es uno de los conflictos por que veo a menudo en consulta.

No voy a seguir hablando de piedras, sino que voy a dedicar los próximos artículos a hacer un análisis psicológico de los pecados capitales. Y para cerrar esta serie de “piedras en la mochila” os pongo ejemplos de “pecaditos” con los que no tenemos por qué cargar:

Envidia: es muy popular decir “envidia sana” cuando quieres ser como alguien a quien admiras, o cuando te alegras de la suerte que ha tenido otra persona. Bueno, pues si alguna vez sin poderlo evitar te alegras también de que ese ser al que envidias tenga un tropiezo, no te tortures. Mientras no le hagas vudú…

Lujuria: pongamos que tienes el esquema prefijado de “no tengo relaciones sexuales con alguien de quien no esté enamorado/a”. Tienes un día tonto, te encuentras a alguien por quien te sientes inevitablemente atraído y… te comes la manzana. ¡Fuera remordimientos! ¡Que la vida son dos días!

Soberbia: llevas un porrón de años trabajando para una misma empresa sin que te reconozcan tus méritos en forma de aumento de sueldo o categoría y has visto ascender a gente más nueva que tú por enchufismos y/o peloteos. Te sale una oferta mejor y te haces un Kevin Spacey en “American Beauty”: ahí os quedáis, me piro. ¿Soberbia? Pues sí ¿qué pasa?

Ira: te pisan un callo y… es broma, lo digo porque un ataque de ira lo podemos tener cualquiera, la cuestión es pedir disculpas y hacer lo posible por controlar posteriores salidas de tono.

Avaricia: estás con ese amigo al que le cuesta encontrar las monedas en el fondo de su bolsillo, estás harto de ser su patrocinador y decides esperar a que pague, si es necesario esperando hasta que se derrita el Polo Sur. ¿Será capaz el muy caradura de llamarte tacaño a ti? Pues que piense lo que quiera, pero que se estire de una vez.

Gula: mi pecado favorito jajaja. No tengo más que pensar en un plato que me guste muchísimo y… recuerda que cuánto menos lo comas más rico te sabrá, así que no abuses. Pero si un día te pasas… ¡a hacer ejercicio para compensar!

Pereza: uf qué pesado, por eso me lo dejo para el final… y porque es de los que llevan a la depresión, por lo que puede que sea de los peores desde el punto de vista psicológico. Como con el resto de pecados, todo está en la medida. Un poco de descanso sirve para ponerte las pilas. ¡Pero un poco! Recuerda que el “sillónbol” no es un deporte.

¡Hasta la semana que viene!

7Pecados

Piedras en la mochila: el rol de líder

Al leer la palabra “líder” seguro que os ha venido a la cabeza más de una persona, bien famosa, bien de vuestro entorno, o incluso vosotros mismos. Es una palabra bonita, por lo general asociada con el triunfo, el éxito, la seguridad en uno mismo y una vida plena. ¿Qué piedras en la mochila puede tener entonces un líder?

–   Mamá, mamá, yo de mayor quiero ser como Arguiñano.
–   ¿Cocinero?
–   ¡No! Rico, rico, rico…

Un líder puede ser alguien que se ha planteado llegar a ser rico y famoso y va a hacer todo lo posible por conseguirlo. Por lo general los que acaban teniendo riqueza y poder se valen de los demás para conseguir sus metas, utilizándolos como escalones en su carrera hacia el éxito. Es decir, los pisan sin ningún tipo de consideración, y no miran atrás. Porque si echan un vistazo a ver cómo han quedado aquellos a los que han dejado por el camino, igual cargan con alguna piedra en la mochila… la del remordimiento.

Pero también puedes ser un líder porque tienes unas cualidades innatas que te destacan sobre el resto (un don). En ese caso, te acostumbras a ser admirado desde niño, porque es muy agradable, y vas a intentar mantenerlo, pudiendo llegar a obsesionarte con no “fallar” a tus seguidores. Si soy muy inteligente tengo que demostrarlo, si soy muy guapo tengo que cuidarme, si soy muy bueno en mi deporte tengo que entrenar duro y no dejar que nadie me gane… incluso llegando al extremo de no consentir que nadie sea “más” que tú (aunque sea negativo):

–   Fui a la piscina el otro día y me hice 60 largos.
–   Pues yo me hice 80.
–   Me caí tres veces con la bici.
–   Pues yo seis.

Otra piedra es el “estás conmigo o contra mi”. Si te señalan un error puedes tomarlo como un fallo: horror, voy a dejar de gustar. No puedo admitirlo. No quiero. Quien me ha criticado es un envidioso, una mala persona, me odia. Se va a enterar, voy a por él. Es posible que la crítica haya sido constructiva pero no eres capaz de reconocer ese error por miedo a parecer débil o menos “perfecto”, así que cada vez se hace más grande y más peso en tu mochila. Y a eso le añades además esa necesidad de venganza de quien ha osado mostrarse en desacuerdo contigo.

Y vamos con otra piedra más: de repente te encuentras con alguien que crees que es mejor que tú… y a tomar por saco tu autoestima. Todos los que antes te aplaudían a ti ahora le aplauden a él/ella. Horror. Soy una mierda. Odio a esa persona. Ya estás cayendo en uno de los 7 pecados capitales (avance de mis próximos artículos): la envidia. Los envidiosos no son los demás. Eres tú.

Un líder no tiene por qué ser perfecto: el que lo es “de verdad” admite críticas e incluso puede dar el relevo a alguien con más cualidades sin por eso sentirse menos. No es algo tan simple como ser el mejor: hay muchos matices. Ahora depende de si lo que te importa es tener dinero y poder y que te hagan la ola, o tener gente a tu alrededor que realmente te aprecie por quien eres y no por lo que aparentas. Es difícil tener ambas cosas así que… tú eliges.

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