LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA AVARICIA. ¡ES MÍO!

Regreso a los pecados capitales, que aún me quedan dos. Vamos con un diálogo de cine, de la película “American Beauty”:

– Lester, vas a manchar de cerveza el sofá.
– ¿Y qué? Es sólo un sofá.
– ¡Es un sofá de 4000 dólares!

Por si no habéis visto la película o no la recordáis, os pongo la escena en este enlace:

Para mí, es una de las escenas clave, porque ponía de relieve que para ella era más importante un sofá de seda italiana que una relación de pareja, cortándole el rollo a él cuando intentaba recuperar el romanticismo de sus años mozos. Recuerdo que cuando la vi en las salas (es de 1999), comenté con una compañera de trabajo este punto concreto, y mostró una opinión diferente a la mía:

–   Pues yo la entiendo a ella. Ha montado su casa con su sofá bonito, y no quiere que se le estropee. Es su hogar, es su espacio, es su sueño…

Me encuentro a menudo con un problema muy común en las parejas, y es que no saben diferenciar entre su proyecto de vida y su proyecto de compartir esa vida con alguien a quien amas. Con “proyecto de vida” me refiero a esa bonita casa con el monovolumen a la puerta, el salón perfectamente decorado, las habitaciones de los niños con sus juguetes, una cocina donde desayunar felices antes de ir al trabajo y/o cole, y un empleo bien remunerado que te permita una vida, sino lujosa, si cómoda y con algún caprichito de vez en cuando. Lo que nos venden en las películas estadounidenses, vamos, y justamente lo que se desmitifica en esta película.

No hay nada malo en tener este tipo de sueños, por supuesto, pero siempre y cuando no se superpongan a la relación de pareja, si es que quieres que ésta funcione. Y es lo que hace Carolyn (magistralmente interpretada por Annette Benning) al dar más importancia a una mancha en un sofá (¡es sólo un sofá!) que a la recuperación de la pasión con Lester (el gran Kevin Spacey).

En terapia me he encontrado con mujeres más interesadas en su sueño de vestirse de blanco y tener hijos que en la persona a quien eligen para tal propósito. Y que, empeñadas en que se cumpla, intentan teñirle de azul y convertirle en el símbolo de ciertas galletas rellenas de chocolate: quieren que sea romántico, detallista, que las trate como a princesas… Y en el sexo opuesto, hombres que tras una separación no soportan que les quiten “su casa” y “sus hijos” (aunque sea custodia compartida), a pesar de que “ella ya no me importa una m…” (palabras textuales). Es decir, aunque no quieran a su pareja se empeñan e seguir manteniendo el núcleo familiar porque lo consideran “suyo”, como si su cónyuge e hijos formaran parte del mobiliario de la casa. Aunque no haya sexo. Aunque no haya cariño. Aunque los hijos (que por pequeños que sean no son tontos) se den perfecta cuenta de que sus padres no se aman. Da igual el género, en unos casos serán las mujeres y en otras los hombres, de una forma u otra, pero en el fondo el sentimiento es el mismo: el de propiedad. Quiero lo mío. Lo mío para mí, y no consiento que me lo quiten. La avaricia.

Como veis, no estoy hablando de dinero. En el famoso cuento de Navidad de Dickens, el avaro Scrooge se veía solo porque nada más le interesaba acumular riqueza, y todo lo demás eran tonterías, incluyendo el afecto a sus congéneres. Pero también puedes acabar solo si en tu avaricia entra el propio ser humano. No sólo en la pareja, también ocurre con los hijos. Hablo de esos padres que se consideran los dueños de sus vástagos. Tú haces lo que yo te digo porque soy tu padre y soy quien manda aquí. Me obedeces porque soy tu madre y yo “te he parido”. Es comprensible que si tienes un hijo un poco rebelde, acabes soltando frases de este tipo cuando a base de razonamiento no consigues que haga lo que es mejor para él/ella, o deje de hacer lo que le perjudica. Pero si realmente consideras que sólo por el hecho de ser su padre/madre tiene que hacer lo que tú le ordenes, vas a fraguar un “rebelde sin causa”, que abandonará el hogar familiar a las primeras de cambio y no querrá saber nada de ti en un futuro, o un sumiso indefenso, al que le va a resultar muy difícil manejarse en la vida porque no ha podido desarrollar su personalidad.

Si estás notando que algo falla en tu familia, con tu pareja, con tus hijos, reflexiona sobre si estás siendo avaricioso y te empeñas en que las cosas sean como tú quieres sin pensar en cómo quieren los demás que sean. Ser flexibles y negociar son las bases para una buena convivencia, y si a pesar de todo tu relación se va a pique, no pienses que has perdido algo “tuyo” sino que no ha funcionado, y toca pasar página. Si tienes hijos, no los quieras sólo para ti, son personas, no sofás. Y si no sabes cómo negociar… vente a mi consulta o a uno de mis talleres de habilidades sociales. ¡Se aprende mucho y lo pasas muy bien!

En el próximo artículo hablaré sobre los avariciosos del cariño.

Avaricia

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