LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA IRA. RUPTURAS SENTIMENTALES Y ENFADOS

Reunión con amigos. Mayoría apabullante del género masculino. La única mujer lleva mucho rato soportando un chiste machista tras otro cuando de repente pregunta:

  • ¿En qué se parece un hombre a una pizza?
  • ¿En qué? -preguntan divertidos los maromos.
  • En que lo llamas y en veinte minutos lo tienes calentito en la puerta de tu casa.

Utilizar un chiste para decir “ya está bien” es muy sano aunque pueda atacar a la otra persona (o al otro género, como en este caso). Pero si la ira va más allá de evitar que te falten al respeto, sólo genera malestar y mal rollo. Vamos con los ejemplos.

Del amor al odio…

Fases en una ruptura sentimental:

1. Algo no va bien (acuden a terapia)
Vamos a intentar arreglar lo nuestro, llevamos muchos años juntos, hay que intentarlo porque todavía nos queremos.

2. Esto no funciona
Por más que intento razonar no hay forma, sigue en las mismas, no quiere cambiar, no me entiende, no he parado de intentarlo y es imposible, la convivencia es insoportable. Pero aunque nos separemos vamos a comportarnos de forma civilizada e intentar quedar como amigos.

3. Se acabó (que diría María Jiménez)
No le conozco, no es la persona con la que he pasado tantos años, no era así… Aquí vienen las disputas, si hay hijos por los hijos, si hay bienes por los bienes, si hay pensión por la pensión, y si hay otra persona por la otra persona

4. Sed de venganza
Le odio, ojalá se muera (me han llegado a decir esto aunque parezca muy fuerte), me ha engañado, no está haciendo lo que prometió… La rabia se dispara cuando el/la ex no cumple las promesas económicas o de custodia de los hijos, o cuando vuelve a tener pareja. Y se convierte en ira cuando las personas de tu entorno, con toda su buena intención, le ponen verde porque creen que así se solidarizan contigo y te ayudan a superarlo.

Si quieres seguir con tu vida dejando atrás a tu ex, no alimentes el odio, porque como dije en el artículo anterior te enganchas más. Deja que tu rabia pase o hazla desaparecer poniendo  emociones positivas en tu vida, saliendo, quedando con amigos pero no para desahogarte y darle vueltas y más vueltas a tu relación acabada, sino para divertirte. Disfruta de tus aficiones o créate nuevas y déjate mimar por tu familia, pidiéndoles  que dejen de hablar de él/ella para que ocupe tu mente el menor tiempo posible. Sólo así cicatrizará tu herida, porque si sigues odiando, sigues sangrando.

Los enfados interminables

Hace poco vi un cartel en el Facebook que rezaba: “me he fijado que las personas prefieren dejar de hablarte, que disculparse por lo que hicieron mal…”. No puedo estar más de acuerdo, pero ¿por qué? ¿Por qué cuesta tanto pedir perdón?

Disculparse significa reconocer un error. Huy. Mierda. No soy perfecto. Me equivoco. Ay que me escuece la autoestima. Va a ser que no. La culpa entonces la tiene el otro que no me entiende, no me comprende. Es un miserable. No merece que le aprecie. Es más, se merece que le desprecie. Así se dará cuenta de lo mal que me ha tratado. O sea, como los niños pequeños: me enfado, no te ajunto y no respiro.

Enfadarse es asimismo algo natural cuando una persona hace algo que te molesta o te duele. Pero si mantienes el enfado con el objetivo de que la persona que te ha ofendido “recapacite”, se disculpe y te dé la razón, estás utilizando la ira (de forma pasivo-agresiva), para imponerte. Pero, como comenté en el artículo anterior, así no convences, por tanto el conflicto volverá a surgir cuando la persona se canse de tus “morros” y se afiance en sus posiciones.

Piensa además que estando de “mala gaita” el más perjudicado eres tú. Por eso, habla con él/ella. Exprésale cómo te sientes, deja que dé sus razones e intenta acercar posturas. Y si no lo consigues tienes dos opciones:

–   Si la persona que te ha agraviado te importa: pactad el no volver a sacar el tema objeto de conflicto. No se puede estar de acuerdo en todo.

–   Si no te importa: con su pan se lo coma. Que siga con su vida que tú sigues con la tuya. No tenemos por qué llevarnos bien con todo el mundo. Si no te queda otra porque es familia política o un compañero de trabajo, me remito a lo anterior: no saques ese tema. Pero no mantengas el enfado, porque puedes poner a tu pareja entre la espada y la pared o perder tu empleo.

Resumiendo, la ira puede llevar a interpretar la vida como una guerra en la que hay que estar alerta por si te atacan, y eso a lo que te lleva es a un trastorno de ansiedad. Si creéis que estáis en esa situación, ya sabéis… aquí está la psicóloga.

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA IRA

Vamos con el pecado que complica mucho la convivencia entre los seres humanos, y que está en el origen de las guerras. En la RAE hay varias definiciones, de las que me quedo con estas dos:

1. Sentimiento de indignación que causa enojo.
2. Apetito o deseo de venganza.

Vista la definición 1, casi podría afirmar que todos hemos pecado de ira en alguna ocasión. Y en cuanto a la 2… pues casi lo mismo ¿no? La ira en sí, desde el punto de vista psicológico, si se controla, no supone un problema. Pero si se descontrola y ese apetito y deseo de venganza se convierte en ataque hacia la persona o personas que han hecho nacer la ira en ti, ésta puede hacerte prisionero ¿por qué? Mahatma Gandhi tiene la respuesta:

Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia.

Efectivamente, si consigues que alguien ceda a lo que pides imponiéndote en lugar de negociando o persuadiendo, tendrás que seguir utilizando esa violencia para que esa persona o grupo acceda a hacer lo que tú quieres o te dé la razón en algo. Pero tu supuesto poder es muy relativo. Volviendo a Gandhi:

Me opongo a la violencia, porque cuando parece causar el bien éste sólo es temporal, pero el mal que causa es permanente

El bien es temporal porque la persona cede obligado, no convencido, por lo que tú tienes que mantener esa violencia para conseguir tus propósitos. ¿Y eso en que te convierte? En una persona violenta. Y no me refiero sólo a la violencia física, sino a la verbal. Un insulto, un desprecio, te convierten en alguien que insulta y que desprecia. Es decir, te hacen peor persona. Y además (sigo con Gandhi, que para eso era un abanderado de la no violencia):

La victoria lograda por violencia es equivalente a una derrota, porque es momentánea

Quien recibe el insulto y el desprecio o la agresión física no sólo no va a cambiar su forma de pensar sino que se afianzará en su punto de vista aunque “trague”, con lo cual al final más que vencer has perdido.

El gran problema de la ira es que en su origen está el miedo, y lo que le sigue es el odio. El miedo, como ya comenté, es necesario para preservar nuestra integridad física y/o psíquica porque te permite huir o enfrentarte a un posible peligro. Por tanto, cuando alguien te hace daño desarrollas miedo hacia esa persona y la ira surge por dos motivos:

–   Como mecanismo de autodefensa: si le rujo no se me vuelve a acercar.
–   Como deseo de venganza: voy a hacerle el mismo daño que me ha hecho a mí, porque “se lo merece”.

El primer motivo es totalmente adaptativo: o me alejo o provoco que se aleje para no sufrir más. Pero el segundo te ata más aún a quien te hizo daño, porque ante tu deseo de venganza esa persona sigue estando presente en tu pensamiento y en tu vida y no te deja pasar página. Es entonces cuando sobreviene el odio, y te convierte en su esclavo. Es lo que suele ocurrir a menudo en las parejas, y lo que destruye familias y amistades.

En el próximo artículo hablaré de situaciones concretas en que la ira se desata para daros algunas claves que os ayuden a controlarla, pero entretanto, vuelvo una vez más a Gandhi con una frase que no parece suya:

Si hay violencia en nuestros corazones, es mejor ser violentos que ponernos el manto de la no violencia para encubrir la impotencia.

Entiendo que se trata de ese mecanismo de autodefensa que acabo de mencionar. Si una persona insiste en dañarte quizá tengas que sacar a pasear la ira para evitar que lo siga haciendo. En caso contrario nos sentiríamos impotentes y a la larga esa frustración desembocaría en un verdadero ataque de violencia. No se trata de agredir ni entrar en discusiones fuertes, pero tampoco plegarnos con la excusa de que no somos violentos y recurrir al consabido “por no discutir…”

No tratar de imponer tu punto de vista no significa renunciar al mismo. Si el otro tiene su opinión, tú tienes la tuya. No merece la pena seguir discutiendo porque no lleva a nada, mejor seguir caminos diferentes que empeñarse en llevar la razón o en dársela al otro para no entrar en conflicto: ese consentimiento puede convertirse en el germen del odio que descontrola la ira, y que te acaba destruyendo.

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA SOBERBIA: SÍNTOMAS

Como con los otros pecados, sería muy raro que en algún momento de nuestra vida no hubiéramos pecado, envidiando o deseando a alguien “prohibido”, o en este caso creyéndonos más que los demás. Sobre todo si nos chocamos con otro soberbio. Imaginaros situaciones como éstas:

 –   En la obra: el jubilado que le dice al albañil cómo ha de poner los ladrillos. Me va usted a enseñar cuando llevo más de veinte años haciéndolo.

 –   En casa: estás haciendo la comida, y tu pareja que no ha cocinado en su vida te dice que estás echando demasiada cebolla al guiso. Qué me estás diciendo si no sabes ni freír un huevo.

–   En el trabajo: el recién licenciado te dice cómo tienes que hacer tu labor. Mira, niño, cuando tú tomabas el biberón yo ya estaba aquí pegándome con los clientes, así que vuelve para tu casita a que tu mamá te cuente un cuento cuando te vayas a dormir.

Molesta bastante que alguien que no sabe nada de tu profesión o de lo que haces te intente dar lecciones ¿verdad? Os podéis entonces hacer una idea de cómo nos sentimos los psicólogos (al principio, luego te acostumbras), porque hay mucha gente que se cree que sabe psicología simplemente por tener ciertas experiencias de vida. Pero como ocurre tan a menudo tenemos la soberbia, en lo que a nuestro oficio se refiere, más que superada, porque si fuéramos de “sobrados” no seríamos permeables y no podríamos ayudar a las personas en sus contextos y circunstancias.

Ésa es la diferencia básica entre el amigo que te da un consejo pensando en cómo lo haría él mismo y el psicólogo que te escucha, se mete en tu piel y busca soluciones ayudándote a utilizar tus propios recursos o enseñándote nuevos, pero siempre conforme a tus valores y respetando tu personalidad. Bueno, no sigo publicitando mi profesión no sea que penséis que soy una soberbia jajaja.

¿Cómo sé si soy un soberbio?

Dice el refrán algo así como “en esta vida nada es verdad ni es mentira, sino en función del color del cristal a través del cual se mira”. Las personas soberbias viven en una especie de jaula de cristal y lo ven todo bajo su prisma, no dejan que los demás les cuestionen su opinión porque son totalmente herméticos, se sienten muy seguros “tras la barrera” y descartan otros puntos de vista. Alertas que indican si estás pecando de soberbia:

–   Tendencia a escuchar a los demás pensando en qué les vas a contestar para conseguir que tu opinión se proclame verdad absoluta.

–   Incapacidad para aceptar valores diferentes a los tuyos, y de abrir tu mente a otros puntos de vista.

–   Animadversión hacia aquellos que parecen más cultos, inteligentes, fuertes, ágiles, etc. que tú, buscándoles el “fallo” para hacer ver que no son tan buenos como “se creen”.

–   Convencimiento de que tu forma de ver la vida y tus valores son universales e indiscutibles y el que no está de acuerdo contigo está equivocado o “no sabe lo que es la vida”.

La soberbia está bien vista

Los soberbios son etiquetados a menudo como “ganadores”. No tenemos más que mirar hacia ciertas figuras del deporte para observar la soberbia manando por todos sus poros, y a pesar de ello son admirados. Volvemos a las apariencias: cuánto más dinero y fama tengas más triunfador pareces y si en cambio eres humilde y no buscas el éxito a cualquier precio te catalogan como un idealista tonto y un perdedor. Y luego nos extrañará que ciertos políticos sin escrúpulos ganen elecciones, y que personajes estúpidos de la farándula se forren por hacer el cafre en programas de televisión.

Las consecuencias de ser soberbio

El soberbio vive en una realidad virtual, dentro de su jaula en apariencia segura, pero a fin de cuentas muy frágil. Su mundo está limitado porque no están abiertos a nuevas experiencias, no son flexibles, y no tienen recursos ante situaciones que se salen de sus esquemas de pensamiento. Si alguien toca su cristal entran en pánico. No. No quiero ver las cosas de otra manera, me siento muy a gusto aquí dentro. Estoy a salvo de cualquier agresión externa, así que no voy a dejar que te acerques a mi cristal. Virgencita que me quede como estoy… ¡crash!

No esperes a que se rompan tus protecciones para acudir al psicólogo si empiezas a notar que tu jaula se requebraja. Es preferible abrir una puerta, salir, disfrutar del aire libre y de las personas que están fuera, que te van a hacer crecer hasta tal punto que no necesitarás regresar a ese encierro. Y si se rompe, no dejes de venir. Te ayudaremos a vivir sin esa necesidad de estar constantemente parapetado en unas creencias e ideas rígidas e inamovibles.

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LOS 7 PECADOS CAPITALES. LA SOBERBIA: ¿LA TENGO QUE SOPORTAR?

Este es el pecado que nos desespera a todos ¿verdad? Sobre todo cuando:

–   En una ventanilla te tropiezas con un funcionario que parece no haber visitado el baño por la mañana.
–   El jefe te dice “porque yo lo ordeno”.
–   Tu pareja espera que te pliegues bajo la suela de su zapato por una supuesta ofensa.

La soberbia a veces se confunde con el orgullo. Pero no son exactamente lo mismo. La RAE aporta dos definiciones que lo aclaran:

  1. Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros.
  2. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

La soberbia va más allá del orgullo porque implica creerse por encima de los demás e incluso despreciar. Así que si el orgullo mal llevado puede convertirse en una piedra en la mochila, la soberbia es más peñón que Gibraltar, pero éste no siempre la carga uno mismo sino que se la encasqueta a los demás. Para evitar los conflictos, solemos tener que soportar a estos personajes. Por ejemplo:

– En el trabajo: jefe, compañeros, clientes…
– Con la familia (cuñados que deberían estar prohibidos por ley…)
– En la universidad/instituto/colegio: profesores, compañeros, delegados…

A veces no te das cuenta de que te estás encontrando con un soberbio y lo sigues aguantando aunque no tengas por qué. Sigo poniendo ejemplos:

– El empleado amargado. Te lo puedes encontrar en un banco, en un ministerio, en la universidad…
– El tendero antipático que te endilga el tomate pocho y si se te ocurre decirle algo se mosquea.
– Ése al que tanto le gusta llamar la atención en tu grupo de amigos y se dedica a tomar el pelo a los demás para “hacer la gracia”.

Si estás tragando con estos personajes, di ¡basta!. Si vas a una ventanilla, el trabajo del que está al otro lado es atenderte, no eres tú quien está a su servicio, sino él al tuyo. En cuanto al tendero, peor aún: tú eres el cliente, y no es que el cliente siempre tenga la razón, pero cuando menos te tienen que tratar con respeto si es que quieren que su negocio funcione. Y respecto al “prota” de tu grupo de amigos, que los demás le rían la gracia no implica que tú tengas que hacerlo. Es más, lo que hace que este tipo de personas se conviertan en soberbios es tener un público que les aplaude, como a los políticos en el congreso, aunque se repitan una y otra vez y digan estupideces que además pueden herir a otras personas. A veces es necesario que alguien rompa esa dinámica de seguirles el rollo para que los demás despierten, así que si no quieres seguir siendo una oveja más del rebaño ¡ládrale!

El origen de la soberbia, como en el caso del orgullo y tantas otras características de la personalidad, suele fraguarse en la infancia cuando los padres se empeñan en hacerte creer que eres superior a los demás, porque estás hecho de otra “pasta” o tienes más “clase”, pero también puede aparecer ya siendo adultos. Hay un refrán muy sabio que dice “nunca sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió”. Seguro que más de uno conoce a alguien que era humilde hasta que empieza a ganar dinero, se compra un coche carísimo y un chalet y parece que le cambia la personalidad. Es esa soberbia que nos están publicitando en los anuncios de loterías, y ese mundo de lujo que nos venden como la mejor forma de disfrutar porque nos sirven, nos atienden, nos miman… aunque sea por dinero. Y nos hacen creer que la mejor recompensa a nuestro esfuerzo, a nuestra dedicación, a nuestro trabajo es… APARENTAR. Ni más, ni menos.

Que el dinero no da la felicidad no es una frase hecha, es real. Hay estudios sobre afortunados a los que les toca la lotería que lo pierden todo y acaban peor que antes de ser millonarios. Pero los soberbios los dejo para el siguiente artículo. Ahora quiero referirme a los que sufrís la soberbia: puede que no la estéis viendo, pero si sentís que una persona os absorbe, os manipula, y siempre estáis haciendo lo que él/ella dice, es que tenéis un soberbio al lado. Si queréis reconocerlo y saber cómo hacer que deje de haceros la vida imposible, acudid a la consulta de un psicólogo. Somos expertos reconocedores de soberbios jejeje 😉

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA LUJURIA (II)

Disculpadme por el retraso en la segunda parte de este artículo, es que he estado practicando para inspirarme 😉 (es broma). Voy a empezar por lo que dicen La Biblia y el Corán respecto de la mujer, como objeto de lujuria:

Biblia: No codicies su hermosura en tu corazón, no te cautive con sus párpados, porque un mendrugo de pan basta a la prostituta, pero la casada va a la caza de una vida preciosa. Proverbios 6:25-26.

Corán: 24:(31) Y di a las creyentes que bajen la mirada y que guarden su castidad, y no muestren de sus atractivos [en público] sino lo que de ellos sea aparente [con decencia]; así pues, que se cubran el escote con el velo (…) y que no hagan oscilar sus piernas [al caminar] a fin de atraer la atención sobre sus atractivos ocultos.

Ambas religiones parecen empeñadas en señalar a la mujer como un ser irresistible que les puede llevar a la perdición, de ahí que las monjas tengan que llevar tocado y ropas austeras, mientras que los curas no están obligados a tapar su cabeza ni llevar siempre la sotana puesta. Esto es más claro aún en el islam, cuando las instan a cubrir su cabello con el pañuelo (en el mejor de los casos) para evitar las tentaciones de las feromonas que se desatan al soltarse la melena. ¿Y por qué ese miedo a la mujer?

Desde el punto de vista fisiológico, la principal diferencia entre la sexualidad masculina y femenina es que en el hombre el estímulo que provoca el deseo sexual hace que las respuestas fisiológicas se disparen de una forma casi “automática”, mientras que en la mujer median otros factores, como el hormonal, experiencias anteriores de dolor al realizar el coito e incluso haber tenido hijos. Pero, por otro lado, el periodo refractario en la mujer tras el orgasmo es mucho más corto que el del hombre, hasta el punto de poder tener varios orgasmos seguidos.

Es decir, el hombre tiene más probabilidades de perder el control ante una mujer que le resulte atractiva que al contrario. Pero por otro lado el disfrute de la mujer puede ser mayor al no necesitar “recuperarse” como el hombre. ¿Cómo se suple esta supuesta “inferioridad” de los hombres? Convirtiendo el sexo en un símbolo de poder. Y así surgen los roles masculino y femenino que expuse en artículos anteriores.

Varones que me estáis leyendo, sed sinceros: ¿cuántas de vosotros habéis presumido de vuestras conquistas? ¿Cuántos os habéis considerado “más machos” por haber estado con más hembras? Mi enhorabuena a los que contestáis “yo no”, porque sois mucho más libres que aquellos que necesitan utilizar a las mujeres para aumentar su autoestima.

Féminas que asimismo me estáis leyendo, sed también sinceras: ¿cuántas de vosotras os creéis más “mujeres” por tener a vuestro lado a un hombre? ¿Cuántas pensáis que la que no tiene pareja es una infeliz? Pues asimismo felicidades a las que habéis contestado “yo no” sois las que os queréis a vosotras mismas por cómo sois y no por tener a vuestro lado a un maromo que os cuide y os proteja.

Al final la lujuria se convierte en una herramienta para el poder, ellos por creerse que cuántas más caigan en sus redes, más poder tienen sobre ellas, y ellas por pensar que con sus encantos han conseguido al jefe de la manada, al más válido para su prole. Ah, pero eso ¿no era en los animales? Bueno, entre los racionales siempre hay unos cuantos que siguen siendo un tanto… primitivos/as.

Por otro lado, no tenéis más que ver los anuncios (sobre todo de colonias) en televisión para comprobar cómo se comercia con la lujuria. Nos están constantemente vendiendo que tener mucho sexo o ser muy atractivos sexualmente equivale a ser feliz, y lo que hacen es mitificar el impulso sexual como si fuera la solución a nuestros problemas cuando en realidad es sólo una reacción fisiológica. Decididamente, creo que el sexo está sobrevalorado, porque le dan demasiada publicidad.

El otro día estuve escuchando el solo de guitarra de Sultans of Swing en la grabación de un concierto en directo. Gustos aparte, lo que está claro es que los Dire Straits, con Mark Knopfler y su cinta de pelo a la cabeza, no nos vendían sexo con estos acordes de guitarra, sino música. ¿Podemos decir lo mismo de otros cantantes? ¡Que no nos confundan!

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA LUJURIA (I)

Vamos con ese pecado que a tantos les gusta cometer (por eso ya anticipo que van a ser dos artículos), y con su definición de la RAE:

Deseo excesivo de placer sexual.

Y ahora os cuento dos escenas de película:

Un hombre y una mujer se acercan a un paso de peatones. Hay un botón. Lo aprietan los dos al mismo tiempo, sus dedos entran en contacto. Él la mira a ella. Sus ojos son oscuros. Sus pestañas espesas. Ella siente esa mirada como una cerilla que atraviesa sus enormes ojos azules para prenderse fuego al rozarse con sus entrañas. El paso se abre. Cruzan. Le mira. La mira… (Suavemente me mata, 2001)    

En una recepción una mujer francesa joven, morena, pelo corto, se acerca a un hombre maduro, elegante, estilizado, un auténtico caballero inglés. Me presento, soy la novia de su hijo. La mirada de ella es como un imán, él es incapaz de desviar su vista mientras intercambian unas palabras. Se hace el silencio. La mirada se mantiene. No puede escapar de su influjo. Alguien les interrumpe y ella se retira. Él sigue mirándola. Un poco más allá la mujer enciende un cigarrillo. El hombre siente que el tabaco no ha sido lo primero en arder. (Herida, 1992).

El actor británico Joseph Fiennes (Enemigo a las puertas, Shakespeare in love) y la actriz francesa Juliette Binoche (El paciente inglés, Chocolat) además de reflejar la sensualidad en su mirada, han sido capaces de transmitirla a la persona a la que acaban de conocer, emitiendo un magnetismo tal que no sólo invade su cuerpo, sino también su mente, despertando emociones y pulsiones antes desconocidas. Sus víctimas no son perros abandonados necesitados de amor, en ambos casos tienen pareja estable. Pero algo les atrapa. Les invade. Les hace perder la razón. La lujuria.

El deseo de satisfacción sexual puede llegar a ser tan poderoso que la obsesión por conseguirlo se convierta en adicción. Si, hablamos de los adictos al sexo. Como ocurre con las drogas y el alcohol, si lo practicas siendo muy joven lo haces por experimentar, pero si lo transformas en una tirita que tape otros problemas te vuelves dependiente. Por ejemplo, cuando quieres escapar de una relación insatisfactoria, o cuando sufres de ansiedad y necesitas un orgasmo para relajarte.

La lujuria puede llevarte también a prácticas peligrosas de sadismo y masoquismo. Personas muy dominantes acuden a burdeles para sentirse dominadas, como si de esta forma “expiaran” su culpa. Quienes acuden a los/las profesionales del sexo porque no son capaces de enamorarse o seducir tienen asimismo un problema: falta de autoestima y habilidades sociales. Y luego están los que prefieren pagar a molestarse en conquistar, y tratan a prostitutas y chaperos como si fueran el cubo de la basura.

Por otro lado, no sólo es la religión católica la que otorga a la lujuria la etiqueta de pecado para señalarla como algo ante lo que no hay que sucumbir. Otras religiones, como la musulmana, se empeñan en ocultar en las mujeres todo aquello que pueda provocar el deseo sexual en el hombre para poder someterlas. La lujuria es algo más que sexo. Es una herramienta para el poder, pero eso lo dejo para el siguiente artículo.

Quedaros ahora con que el sexo es sano siempre y cuando no lo utilices para escapar de tus problemas y respetes a la persona con quien lo practiques. Si la lujuria te lleva a la obsesión, te recomiendo que acudas a un profesional, no “de la calle” sino de la psicología. Los trastornos sexuales (y en estos incluyo todos los demás, no solo los relacionados directamente con la lujuria) suelen tener buen pronóstico y tratamiento breve. Lo más difícil es perder la vergüenza en contar lo que te ocurre. Pero es una pena que por unos momentos de apuro (muy pocos, los psicólogos sabemos cómo hacerte sentir cómodo/a enseguida) te pierdas una de las mayores fuentes de recompensa que tenemos los seres humanos ¿no te parece?

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA ENVIDIA (II)

Como prometí en uno de los comentarios, y dado que más gente me ha dicho que le ha sabido a poco el artículo anterior, sigo con ese pecado tan polémico y común como es la envidia.

¿Soy un envidioso?

Es difícil verse a sí mismo con objetividad. Seguramente estaréis pensando que hay mucha gente que no se da cuenta de que es envidiosa, pero también ocurre al contrario. Volviendo a las piedras en la mochila, como ser envidioso está tan mal visto hay quien se empeña tanto en no serlo que se cree que lo es cuando no es así. La piedra es la creencia de “no debo tener envidia de nadie porque es un defecto horrible” y están tan alertas para no cometer semejante crimen que confunden envidia con ganas de mejorar y evolucionar. Por ejemplo, no eres envidioso si:

 –   Imitas a alguien a quien admiras con el objetivo de mejorar tú y evolucionar. Es lo que en psicología denominamos modelado y es un método de aprendizaje muy eficaz. Así aprenden los niños a hablar: escuchando a los adultos.

–   Te mides con otra persona para ver tu progreso. Es lo que llamamos motivación orientada al yo. Tomar referencia del rendimiento de otra persona (en el trabajo, el deporte) para progresar no significa ser envidioso siempre y cuando, como ya comenté, no intentes menospreciarle ni sabotearle para quedar por encima.

¿Cómo hago para hacer ver a alguien que es envidioso?

Recomiéndole que vaya al psicólogo :D. Bromas aparte, hay un grave problema de autoestima en quien padece de envidia. Al educárseles en comparación con los demás, los padres olvidan algo fundamental: potenciar su propia individualidad y sus capacidades. Tanto es así, que pueden no darse cuenta de que si se pararan a mirar dentro de sí mismos encontrarían potencialidades que se han quedado bloqueadas en las redes de la envidia y no pueden ver la luz. He hecho una representación gráfica con el avestruz y la jirafa: ambas tienen el cuello largo, pero como el de la jirafa es más el avestruz puede tener envidia. Y se olvida de que es capaz de correr más rápido.

Como dije en uno de los comentarios del artículo anterior, si queréis ayudar a un envidioso para que deje de serlo (y para que os deje en paz si sois objeto de su envidia) podéis hacerlo de las siguientes formas:

 –   Hacerle preguntas para que reflexione. Por ejemplo: ¿te das cuenta de que siempre me llevas la contraria? ¿Por qué lo haces? ¿Serías capaz de decirme algo en lo que estés de acuerdo conmigo?

–   Utilizar el sentido del humor (el ungüento amarillo lo llamo yo, sirve para todo). Di lo contrario de lo que piensas y cuando el envidioso al llevarte a su vez la contraria te dé la razón, te ríes y le dices que era una broma, y que resulta que al final estáis de acuerdo.

–   Ayudarle a ver sus propias cualidades, y que deje de obsesionarse con los demás. Sé que a los envidiosos dan ganas de mandarlos a Marte de vacaciones sin billete de vuelta, pero apelo a vuestra humanidad para entender, como dije en el anterior artículo, que en el fondo lo están pasando muy mal y necesitan ayuda. Tampoco tienen la culpa de cómo han sido educados.

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