LOS 7 PECADOS CAPITALES. LA SOBERBIA: ¿LA TENGO QUE SOPORTAR?

Este es el pecado que nos desespera a todos ¿verdad? Sobre todo cuando:

–   En una ventanilla te tropiezas con un funcionario que parece no haber visitado el baño por la mañana.
–   El jefe te dice “porque yo lo ordeno”.
–   Tu pareja espera que te pliegues bajo la suela de su zapato por una supuesta ofensa.

La soberbia a veces se confunde con el orgullo. Pero no son exactamente lo mismo. La RAE aporta dos definiciones que lo aclaran:

  1. Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros.
  2. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

La soberbia va más allá del orgullo porque implica creerse por encima de los demás e incluso despreciar. Así que si el orgullo mal llevado puede convertirse en una piedra en la mochila, la soberbia es más peñón que Gibraltar, pero éste no siempre la carga uno mismo sino que se la encasqueta a los demás. Para evitar los conflictos, solemos tener que soportar a estos personajes. Por ejemplo:

– En el trabajo: jefe, compañeros, clientes…
– Con la familia (cuñados que deberían estar prohibidos por ley…)
– En la universidad/instituto/colegio: profesores, compañeros, delegados…

A veces no te das cuenta de que te estás encontrando con un soberbio y lo sigues aguantando aunque no tengas por qué. Sigo poniendo ejemplos:

– El empleado amargado. Te lo puedes encontrar en un banco, en un ministerio, en la universidad…
– El tendero antipático que te endilga el tomate pocho y si se te ocurre decirle algo se mosquea.
– Ése al que tanto le gusta llamar la atención en tu grupo de amigos y se dedica a tomar el pelo a los demás para “hacer la gracia”.

Si estás tragando con estos personajes, di ¡basta!. Si vas a una ventanilla, el trabajo del que está al otro lado es atenderte, no eres tú quien está a su servicio, sino él al tuyo. En cuanto al tendero, peor aún: tú eres el cliente, y no es que el cliente siempre tenga la razón, pero cuando menos te tienen que tratar con respeto si es que quieren que su negocio funcione. Y respecto al “prota” de tu grupo de amigos, que los demás le rían la gracia no implica que tú tengas que hacerlo. Es más, lo que hace que este tipo de personas se conviertan en soberbios es tener un público que les aplaude, como a los políticos en el congreso, aunque se repitan una y otra vez y digan estupideces que además pueden herir a otras personas. A veces es necesario que alguien rompa esa dinámica de seguirles el rollo para que los demás despierten, así que si no quieres seguir siendo una oveja más del rebaño ¡ládrale!

El origen de la soberbia, como en el caso del orgullo y tantas otras características de la personalidad, suele fraguarse en la infancia cuando los padres se empeñan en hacerte creer que eres superior a los demás, porque estás hecho de otra “pasta” o tienes más “clase”, pero también puede aparecer ya siendo adultos. Hay un refrán muy sabio que dice “nunca sirvas a quien sirvió, ni pidas a quien pidió”. Seguro que más de uno conoce a alguien que era humilde hasta que empieza a ganar dinero, se compra un coche carísimo y un chalet y parece que le cambia la personalidad. Es esa soberbia que nos están publicitando en los anuncios de loterías, y ese mundo de lujo que nos venden como la mejor forma de disfrutar porque nos sirven, nos atienden, nos miman… aunque sea por dinero. Y nos hacen creer que la mejor recompensa a nuestro esfuerzo, a nuestra dedicación, a nuestro trabajo es… APARENTAR. Ni más, ni menos.

Que el dinero no da la felicidad no es una frase hecha, es real. Hay estudios sobre afortunados a los que les toca la lotería que lo pierden todo y acaban peor que antes de ser millonarios. Pero los soberbios los dejo para el siguiente artículo. Ahora quiero referirme a los que sufrís la soberbia: puede que no la estéis viendo, pero si sentís que una persona os absorbe, os manipula, y siempre estáis haciendo lo que él/ella dice, es que tenéis un soberbio al lado. Si queréis reconocerlo y saber cómo hacer que deje de haceros la vida imposible, acudid a la consulta de un psicólogo. Somos expertos reconocedores de soberbios jejeje 😉

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA LUJURIA (II)

Disculpadme por el retraso en la segunda parte de este artículo, es que he estado practicando para inspirarme 😉 (es broma). Voy a empezar por lo que dicen La Biblia y el Corán respecto de la mujer, como objeto de lujuria:

Biblia: No codicies su hermosura en tu corazón, no te cautive con sus párpados, porque un mendrugo de pan basta a la prostituta, pero la casada va a la caza de una vida preciosa. Proverbios 6:25-26.

Corán: 24:(31) Y di a las creyentes que bajen la mirada y que guarden su castidad, y no muestren de sus atractivos [en público] sino lo que de ellos sea aparente [con decencia]; así pues, que se cubran el escote con el velo (…) y que no hagan oscilar sus piernas [al caminar] a fin de atraer la atención sobre sus atractivos ocultos.

Ambas religiones parecen empeñadas en señalar a la mujer como un ser irresistible que les puede llevar a la perdición, de ahí que las monjas tengan que llevar tocado y ropas austeras, mientras que los curas no están obligados a tapar su cabeza ni llevar siempre la sotana puesta. Esto es más claro aún en el islam, cuando las instan a cubrir su cabello con el pañuelo (en el mejor de los casos) para evitar las tentaciones de las feromonas que se desatan al soltarse la melena. ¿Y por qué ese miedo a la mujer?

Desde el punto de vista fisiológico, la principal diferencia entre la sexualidad masculina y femenina es que en el hombre el estímulo que provoca el deseo sexual hace que las respuestas fisiológicas se disparen de una forma casi “automática”, mientras que en la mujer median otros factores, como el hormonal, experiencias anteriores de dolor al realizar el coito e incluso haber tenido hijos. Pero, por otro lado, el periodo refractario en la mujer tras el orgasmo es mucho más corto que el del hombre, hasta el punto de poder tener varios orgasmos seguidos.

Es decir, el hombre tiene más probabilidades de perder el control ante una mujer que le resulte atractiva que al contrario. Pero por otro lado el disfrute de la mujer puede ser mayor al no necesitar “recuperarse” como el hombre. ¿Cómo se suple esta supuesta “inferioridad” de los hombres? Convirtiendo el sexo en un símbolo de poder. Y así surgen los roles masculino y femenino que expuse en artículos anteriores.

Varones que me estáis leyendo, sed sinceros: ¿cuántas de vosotros habéis presumido de vuestras conquistas? ¿Cuántos os habéis considerado “más machos” por haber estado con más hembras? Mi enhorabuena a los que contestáis “yo no”, porque sois mucho más libres que aquellos que necesitan utilizar a las mujeres para aumentar su autoestima.

Féminas que asimismo me estáis leyendo, sed también sinceras: ¿cuántas de vosotras os creéis más “mujeres” por tener a vuestro lado a un hombre? ¿Cuántas pensáis que la que no tiene pareja es una infeliz? Pues asimismo felicidades a las que habéis contestado “yo no” sois las que os queréis a vosotras mismas por cómo sois y no por tener a vuestro lado a un maromo que os cuide y os proteja.

Al final la lujuria se convierte en una herramienta para el poder, ellos por creerse que cuántas más caigan en sus redes, más poder tienen sobre ellas, y ellas por pensar que con sus encantos han conseguido al jefe de la manada, al más válido para su prole. Ah, pero eso ¿no era en los animales? Bueno, entre los racionales siempre hay unos cuantos que siguen siendo un tanto… primitivos/as.

Por otro lado, no tenéis más que ver los anuncios (sobre todo de colonias) en televisión para comprobar cómo se comercia con la lujuria. Nos están constantemente vendiendo que tener mucho sexo o ser muy atractivos sexualmente equivale a ser feliz, y lo que hacen es mitificar el impulso sexual como si fuera la solución a nuestros problemas cuando en realidad es sólo una reacción fisiológica. Decididamente, creo que el sexo está sobrevalorado, porque le dan demasiada publicidad.

El otro día estuve escuchando el solo de guitarra de Sultans of Swing en la grabación de un concierto en directo. Gustos aparte, lo que está claro es que los Dire Straits, con Mark Knopfler y su cinta de pelo a la cabeza, no nos vendían sexo con estos acordes de guitarra, sino música. ¿Podemos decir lo mismo de otros cantantes? ¡Que no nos confundan!

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA LUJURIA (I)

Vamos con ese pecado que a tantos les gusta cometer (por eso ya anticipo que van a ser dos artículos), y con su definición de la RAE:

Deseo excesivo de placer sexual.

Y ahora os cuento dos escenas de película:

Un hombre y una mujer se acercan a un paso de peatones. Hay un botón. Lo aprietan los dos al mismo tiempo, sus dedos entran en contacto. Él la mira a ella. Sus ojos son oscuros. Sus pestañas espesas. Ella siente esa mirada como una cerilla que atraviesa sus enormes ojos azules para prenderse fuego al rozarse con sus entrañas. El paso se abre. Cruzan. Le mira. La mira… (Suavemente me mata, 2001)    

En una recepción una mujer francesa joven, morena, pelo corto, se acerca a un hombre maduro, elegante, estilizado, un auténtico caballero inglés. Me presento, soy la novia de su hijo. La mirada de ella es como un imán, él es incapaz de desviar su vista mientras intercambian unas palabras. Se hace el silencio. La mirada se mantiene. No puede escapar de su influjo. Alguien les interrumpe y ella se retira. Él sigue mirándola. Un poco más allá la mujer enciende un cigarrillo. El hombre siente que el tabaco no ha sido lo primero en arder. (Herida, 1992).

El actor británico Joseph Fiennes (Enemigo a las puertas, Shakespeare in love) y la actriz francesa Juliette Binoche (El paciente inglés, Chocolat) además de reflejar la sensualidad en su mirada, han sido capaces de transmitirla a la persona a la que acaban de conocer, emitiendo un magnetismo tal que no sólo invade su cuerpo, sino también su mente, despertando emociones y pulsiones antes desconocidas. Sus víctimas no son perros abandonados necesitados de amor, en ambos casos tienen pareja estable. Pero algo les atrapa. Les invade. Les hace perder la razón. La lujuria.

El deseo de satisfacción sexual puede llegar a ser tan poderoso que la obsesión por conseguirlo se convierta en adicción. Si, hablamos de los adictos al sexo. Como ocurre con las drogas y el alcohol, si lo practicas siendo muy joven lo haces por experimentar, pero si lo transformas en una tirita que tape otros problemas te vuelves dependiente. Por ejemplo, cuando quieres escapar de una relación insatisfactoria, o cuando sufres de ansiedad y necesitas un orgasmo para relajarte.

La lujuria puede llevarte también a prácticas peligrosas de sadismo y masoquismo. Personas muy dominantes acuden a burdeles para sentirse dominadas, como si de esta forma “expiaran” su culpa. Quienes acuden a los/las profesionales del sexo porque no son capaces de enamorarse o seducir tienen asimismo un problema: falta de autoestima y habilidades sociales. Y luego están los que prefieren pagar a molestarse en conquistar, y tratan a prostitutas y chaperos como si fueran el cubo de la basura.

Por otro lado, no sólo es la religión católica la que otorga a la lujuria la etiqueta de pecado para señalarla como algo ante lo que no hay que sucumbir. Otras religiones, como la musulmana, se empeñan en ocultar en las mujeres todo aquello que pueda provocar el deseo sexual en el hombre para poder someterlas. La lujuria es algo más que sexo. Es una herramienta para el poder, pero eso lo dejo para el siguiente artículo.

Quedaros ahora con que el sexo es sano siempre y cuando no lo utilices para escapar de tus problemas y respetes a la persona con quien lo practiques. Si la lujuria te lleva a la obsesión, te recomiendo que acudas a un profesional, no “de la calle” sino de la psicología. Los trastornos sexuales (y en estos incluyo todos los demás, no solo los relacionados directamente con la lujuria) suelen tener buen pronóstico y tratamiento breve. Lo más difícil es perder la vergüenza en contar lo que te ocurre. Pero es una pena que por unos momentos de apuro (muy pocos, los psicólogos sabemos cómo hacerte sentir cómodo/a enseguida) te pierdas una de las mayores fuentes de recompensa que tenemos los seres humanos ¿no te parece?

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA ENVIDIA (II)

Como prometí en uno de los comentarios, y dado que más gente me ha dicho que le ha sabido a poco el artículo anterior, sigo con ese pecado tan polémico y común como es la envidia.

¿Soy un envidioso?

Es difícil verse a sí mismo con objetividad. Seguramente estaréis pensando que hay mucha gente que no se da cuenta de que es envidiosa, pero también ocurre al contrario. Volviendo a las piedras en la mochila, como ser envidioso está tan mal visto hay quien se empeña tanto en no serlo que se cree que lo es cuando no es así. La piedra es la creencia de “no debo tener envidia de nadie porque es un defecto horrible” y están tan alertas para no cometer semejante crimen que confunden envidia con ganas de mejorar y evolucionar. Por ejemplo, no eres envidioso si:

 –   Imitas a alguien a quien admiras con el objetivo de mejorar tú y evolucionar. Es lo que en psicología denominamos modelado y es un método de aprendizaje muy eficaz. Así aprenden los niños a hablar: escuchando a los adultos.

–   Te mides con otra persona para ver tu progreso. Es lo que llamamos motivación orientada al yo. Tomar referencia del rendimiento de otra persona (en el trabajo, el deporte) para progresar no significa ser envidioso siempre y cuando, como ya comenté, no intentes menospreciarle ni sabotearle para quedar por encima.

¿Cómo hago para hacer ver a alguien que es envidioso?

Recomiéndole que vaya al psicólogo :D. Bromas aparte, hay un grave problema de autoestima en quien padece de envidia. Al educárseles en comparación con los demás, los padres olvidan algo fundamental: potenciar su propia individualidad y sus capacidades. Tanto es así, que pueden no darse cuenta de que si se pararan a mirar dentro de sí mismos encontrarían potencialidades que se han quedado bloqueadas en las redes de la envidia y no pueden ver la luz. He hecho una representación gráfica con el avestruz y la jirafa: ambas tienen el cuello largo, pero como el de la jirafa es más el avestruz puede tener envidia. Y se olvida de que es capaz de correr más rápido.

Como dije en uno de los comentarios del artículo anterior, si queréis ayudar a un envidioso para que deje de serlo (y para que os deje en paz si sois objeto de su envidia) podéis hacerlo de las siguientes formas:

 –   Hacerle preguntas para que reflexione. Por ejemplo: ¿te das cuenta de que siempre me llevas la contraria? ¿Por qué lo haces? ¿Serías capaz de decirme algo en lo que estés de acuerdo conmigo?

–   Utilizar el sentido del humor (el ungüento amarillo lo llamo yo, sirve para todo). Di lo contrario de lo que piensas y cuando el envidioso al llevarte a su vez la contraria te dé la razón, te ríes y le dices que era una broma, y que resulta que al final estáis de acuerdo.

–   Ayudarle a ver sus propias cualidades, y que deje de obsesionarse con los demás. Sé que a los envidiosos dan ganas de mandarlos a Marte de vacaciones sin billete de vuelta, pero apelo a vuestra humanidad para entender, como dije en el anterior artículo, que en el fondo lo están pasando muy mal y necesitan ayuda. Tampoco tienen la culpa de cómo han sido educados.

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LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA ENVIDIA

Yo sé que me critican
Me consta que me odian
La envidia les corroe
Mi vida les agobia…

Vuelvo a las canciones. Como dirían Alaska y Dinarama: los envidiosos son los que critican, odian y se agobian ante personas, por ser apreciadas o incluso admiradas a pesar de no seguir estrictamente las normas sociales, y que deciden no adaptarse a los demás a costa de su propia personalidad. Y esto ocurre porque les carcome que alguien sea capaz de hacer lo que ellos no se han atrevido, o no han tenido el valor, la fuerza y constancia suficientes para conseguirlo.

La envidia puede estar presente en todas las esferas de nuestra vida:

–   En el colegio, cuando el “empollón” se gana el favor de los profes.
–   En la adolescencia, cuando tu amigo/a liga más que tú.
–   En el trabajo, cuando ascienden al compañero
–   En el deporte, tanto de competición como aficionado, cuando otro corre, salta, pega o es más rápido que tú.

Dicen que las comparaciones son odiosas, y estoy bastante de acuerdo con esa frase. Puede ser bueno compararse si eso te ayuda a progresar y evolucionar, pero cuando la envidia no es “sana”, la tendencia es a menospreciar las cualidades del otro para así sentirse menos inferior. ¿Por qué? Porque es más fácil.

Los envidiosos a menudo comenten otro pecado capital: la pereza. Criticar implica poco esfuerzo, al igual que difamar. En cambio, eso de intentar llegar al nivel del otro… huy qué cansado. O sea, en lugar de “espera, que voy a ponerme a tu altura“, es más bien un “te voy a hacer bajar de ahí porque no me apetece esforzarme en subir“.

La envidia puede anidarse en un ser humano en la niñez y convertirse en un virus que en la edad adulta no sólo va a hacer enfermar a quien lo padece, sino a las personas de su entorno. Para evitarlo, los padres tienen que estar muy atentos, desde que el niño comienza a tener uso de razón, a no hacer comparaciones entre hermanos o compañeros de clase. Cada persona es única, y si en algo otros destacan más, mejor para ellos, seguro que tu hijo/a tiene otras cualidades que puedes fomentar en lugar de  intentar por todos los medios tener en casa al hijo perfecto. Los padres con esa tendencia a que su “niño/a” sea el “number one” suelen ser frustrados que pretenden que sus hijos lleguen donde ellos no llegaron.

–   No sé qué le pasa conmigo, no le he hecho nada y siempre me lleva la contraria.

Una de las conductas más reconocibles en un envidioso es que sistemáticamente cuestione todo lo que dices y adopte un punto de vista opuesto sin apenas argumentos. El envidioso suele estar más pendiente de la persona objeto de su envidia que de sí mismo, y es incapaz de reconocer el esfuerzo del sujeto envidiado. Si nos vamos a los refranes, son los que buscan la paja en el ojo ajeno sin preguntarse si ellos portan una gran viga.

Mira hacia adentro de ti mismo cuando sientas envidia hacia alguien, y pregúntate si realmente quieres ser como esa persona. Si es así, lucha por serlo sin necesidad de menospreciarle/a. Si no, busca tus propios objetivos y sé tú mismo. Si, en cambio, eres de los que sufren la envidia de los demás, recuerda que el envidioso en el fondo es un infeliz, haz caso a Alaska y entona el estribillo de su canción:

A quién le importa lo que yo haga…

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Los 7 pecados capitales

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, rezan los evangelios. O sea, que como no somos perfectos tenemos que pensarnos un poco antes de condenar los errores ajenos. Entonces… ¿podemos “pecar” de vez en cuando sin temor a que nos juzguen? ¿O, por el contrario, si hago algo “malo” me convierto en mala persona?

El ser humano tiende a las dicotomías para simplificar la toma de decisiones. Si alguien os dice que fulanito es buena persona, y le preguntáis ¿por qué lo dices?, lo más probable es que te conteste: porque no ha hecho daño a nadie. Es decir, si no es malo, es bueno. Pero no es tan sencillo. La simplificación conlleva errores, y a veces es tan restrictiva que se constituye en otra piedra más de la mochila. Esto ocurre cuando nuestro esquema de valores que determina lo que es “bueno” o “malo”, se convierte en inamovible pese a quien pese, caiga quien caiga y sean las circunstancias que sean.

A la mayoría de nosotros nos gusta considerarnos “buenas personas”, pero como somos humanos y no androides ¿qué pasa si caemos en la tentación y hacemos algo que se sale de nuestros parámetros de “bondad”? ¿Nos volvemos “malos”? Este es uno de los conflictos por que veo a menudo en consulta.

No voy a seguir hablando de piedras, sino que voy a dedicar los próximos artículos a hacer un análisis psicológico de los pecados capitales. Y para cerrar esta serie de “piedras en la mochila” os pongo ejemplos de “pecaditos” con los que no tenemos por qué cargar:

Envidia: es muy popular decir “envidia sana” cuando quieres ser como alguien a quien admiras, o cuando te alegras de la suerte que ha tenido otra persona. Bueno, pues si alguna vez sin poderlo evitar te alegras también de que ese ser al que envidias tenga un tropiezo, no te tortures. Mientras no le hagas vudú…

Lujuria: pongamos que tienes el esquema prefijado de “no tengo relaciones sexuales con alguien de quien no esté enamorado/a”. Tienes un día tonto, te encuentras a alguien por quien te sientes inevitablemente atraído y… te comes la manzana. ¡Fuera remordimientos! ¡Que la vida son dos días!

Soberbia: llevas un porrón de años trabajando para una misma empresa sin que te reconozcan tus méritos en forma de aumento de sueldo o categoría y has visto ascender a gente más nueva que tú por enchufismos y/o peloteos. Te sale una oferta mejor y te haces un Kevin Spacey en “American Beauty”: ahí os quedáis, me piro. ¿Soberbia? Pues sí ¿qué pasa?

Ira: te pisan un callo y… es broma, lo digo porque un ataque de ira lo podemos tener cualquiera, la cuestión es pedir disculpas y hacer lo posible por controlar posteriores salidas de tono.

Avaricia: estás con ese amigo al que le cuesta encontrar las monedas en el fondo de su bolsillo, estás harto de ser su patrocinador y decides esperar a que pague, si es necesario esperando hasta que se derrita el Polo Sur. ¿Será capaz el muy caradura de llamarte tacaño a ti? Pues que piense lo que quiera, pero que se estire de una vez.

Gula: mi pecado favorito jajaja. No tengo más que pensar en un plato que me guste muchísimo y… recuerda que cuánto menos lo comas más rico te sabrá, así que no abuses. Pero si un día te pasas… ¡a hacer ejercicio para compensar!

Pereza: uf qué pesado, por eso me lo dejo para el final… y porque es de los que llevan a la depresión, por lo que puede que sea de los peores desde el punto de vista psicológico. Como con el resto de pecados, todo está en la medida. Un poco de descanso sirve para ponerte las pilas. ¡Pero un poco! Recuerda que el “sillónbol” no es un deporte.

¡Hasta la semana que viene!

7Pecados

Piedras en la mochila: el rol de líder

Al leer la palabra “líder” seguro que os ha venido a la cabeza más de una persona, bien famosa, bien de vuestro entorno, o incluso vosotros mismos. Es una palabra bonita, por lo general asociada con el triunfo, el éxito, la seguridad en uno mismo y una vida plena. ¿Qué piedras en la mochila puede tener entonces un líder?

–   Mamá, mamá, yo de mayor quiero ser como Arguiñano.
–   ¿Cocinero?
–   ¡No! Rico, rico, rico…

Un líder puede ser alguien que se ha planteado llegar a ser rico y famoso y va a hacer todo lo posible por conseguirlo. Por lo general los que acaban teniendo riqueza y poder se valen de los demás para conseguir sus metas, utilizándolos como escalones en su carrera hacia el éxito. Es decir, los pisan sin ningún tipo de consideración, y no miran atrás. Porque si echan un vistazo a ver cómo han quedado aquellos a los que han dejado por el camino, igual cargan con alguna piedra en la mochila… la del remordimiento.

Pero también puedes ser un líder porque tienes unas cualidades innatas que te destacan sobre el resto (un don). En ese caso, te acostumbras a ser admirado desde niño, porque es muy agradable, y vas a intentar mantenerlo, pudiendo llegar a obsesionarte con no “fallar” a tus seguidores. Si soy muy inteligente tengo que demostrarlo, si soy muy guapo tengo que cuidarme, si soy muy bueno en mi deporte tengo que entrenar duro y no dejar que nadie me gane… incluso llegando al extremo de no consentir que nadie sea “más” que tú (aunque sea negativo):

–   Fui a la piscina el otro día y me hice 60 largos.
–   Pues yo me hice 80.
–   Me caí tres veces con la bici.
–   Pues yo seis.

Otra piedra es el “estás conmigo o contra mi”. Si te señalan un error puedes tomarlo como un fallo: horror, voy a dejar de gustar. No puedo admitirlo. No quiero. Quien me ha criticado es un envidioso, una mala persona, me odia. Se va a enterar, voy a por él. Es posible que la crítica haya sido constructiva pero no eres capaz de reconocer ese error por miedo a parecer débil o menos “perfecto”, así que cada vez se hace más grande y más peso en tu mochila. Y a eso le añades además esa necesidad de venganza de quien ha osado mostrarse en desacuerdo contigo.

Y vamos con otra piedra más: de repente te encuentras con alguien que crees que es mejor que tú… y a tomar por saco tu autoestima. Todos los que antes te aplaudían a ti ahora le aplauden a él/ella. Horror. Soy una mierda. Odio a esa persona. Ya estás cayendo en uno de los 7 pecados capitales (avance de mis próximos artículos): la envidia. Los envidiosos no son los demás. Eres tú.

Un líder no tiene por qué ser perfecto: el que lo es “de verdad” admite críticas e incluso puede dar el relevo a alguien con más cualidades sin por eso sentirse menos. No es algo tan simple como ser el mejor: hay muchos matices. Ahora depende de si lo que te importa es tener dinero y poder y que te hagan la ola, o tener gente a tu alrededor que realmente te aprecie por quien eres y no por lo que aparentas. Es difícil tener ambas cosas así que… tú eliges.

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Piedras en la mochila: el rol de cuidador

En el artículo anterior comenté que las víctimas tienden a cargarse a la espalda la piedra de la indefensión. Si la persona a la que recurren persiste en esa ayuda que le están demandando, se sentirán cada vez más indefensos, así que al final el supuesto apoyo resulta más perjudicial que beneficioso. Y quien está ayudando a la víctima también carga con peso en su mochila.

El rol de cuidador está presente en muchas esferas y con diferentes personas. Con los hijos es necesario, porque los seres humanos nacemos con la necesidad de ser cuidados, no podemos sobrevivir solos, y dada la complejidad de nuestra sociedad ese cuidado se prolonga durante años. Pero parece que hay personas que aún teniendo hijos no deben tener bastante para cuidar y desarrollan ese rol paterno/materno con su pareja:

“Necesitas alguien que te cuide”

Seguro que habéis oído alguna vez esta frase, y que hasta incluso os parece “romántica” y da muestra del “amor” que siente el otro/a hacia ti. Oooooh. Que suene la música. Que aparezca la Bella Durmiente bailando el vals mientras su vestido cambia de color. Su príncipe azul la salvó y ahora la cuidará y serán felices y comerán perdices…. y colorín colorado este cuento se ha acabado. Yujuuuu ¡estamos en el mundo real!

Lo cierto es que en esto de empeñarse en cuidar no hay distinción de género, aunque se justifique de forma diferente. Los hombres son los príncipes azules y las mujeres las bondadosas mamás. Y también hay hombres, sí, que ejercen de padres con sus débiles cónyuges porque ya sabemos que el femenino es el sexo débil. Vaya, qué fastidio, si resulta que algunas hasta hacemos karate… 😉

Bromas aparte, no se trata de cuidar. Se trata de respetar, de comprender, de apoyar o de dar cariño en todo caso. Cuidar es otra cosa. Cuidar conlleva una relación de desigualdad: como yo soy más fuerte que tú, tengo la obligación de cuidarte. ¿En qué te convierte en eso a ti? En una persona débil. ¿Y eso lo haces por amor? No, lo que hay es miedo. Miedo a que si no cuidas a tu pareja serás prescindible para él/ella y te puede abandonar. Así que aunque no tenga una víctima que le cargue la piedra del chantaje emocional, el cuidador ya se carga la suya propia: la inseguridad.

 “Cariño, no te preocupes, ya me encargo yo”

Y ésta es la segunda piedra: la responsabilidad. Yo me cargo con todo. Hasta tal punto de que soy yo el culpable si mi pareja hace algo mal. Hablo de aquellas personas que sienten vergüenza si su cónyuge no se comporta como ellos creen que deben hacerlo (consideran que “hace el ridículo”) o se echan la culpa de que no consiga sus objetivos a pesar de su apoyo incondicional y constante. Si no has dejado que se equivoque y que encuentre su motivación sin tener que estar tú detrás ¿cómo va a aprender a enfrentarse con las dificultades? ¿Qué prefieres, que esté contigo porque cree que te necesita o porque te ha elegido libremente?

Esto vale también para los padres que sobreprotegen a sus hijos: id soltando lastre a medida que van creciendo. Y no por vosotros, sino por ellos. No los convirtáis en víctimas, dejad que tropiecen y si queréis les ayudáis a limpiarse el polvo cuando se levanten, pero dejad que se pongan en pie por sí mismos.

Una persona adulta que no está enferma no necesita que la cuiden. Necesita alguien a su lado, no alrededor envolviéndola con una capa como si fuera Superman. Lo bonito es colaborar, apoyarse mutuamente y evolucionar juntos. Lo de cuidar mejor lo dejamos para Disney y sus princesitas.

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Piedras en la mochila: el rol de víctima

Suena el teléfono. Descuelgas. Al otro lado oyes sollozos que intentan articular palabra pero no entiendes absolutamente nada.

– ¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras?
– Tío… hip hip… estoy fatal hip hip… (ataque de llanto)
– Tranquilo, respira, toma aire…
– Que me ha dejado tío, que me ha dejado, se ha ido… hip hip… necesito verte.

Accedes a quedar y así empieza un culebrón donde siempre estás escuchando el mismo guión con matices cada vez más dramáticos:

Qué voy a hacer ahora, cómo se lo digo a mis padres, y ya no voy a ver a su sobrino, con lo que yo le quiero, otra vez he vuelto a fracasar, soy un desastre, soy una mierda… no lo entiendo, he intentado hablar con ella y no quiere ¿tan mal me he portado? No me lo merezco, no es justo, y es que fíjate, yo que llego tranquilamente a casa y me encuentro que ha hecho las maletas…

Te vuelve a contar la película por quincuagésima novena vez, y así hasta el infinito. Tu amigo está mal, pero tú ya empiezas a desarrollar aversión al sonido del WhatsApp temiendo que sea él y le coges manía a las caritas de pena, llanto y súplica con las que adorna sus mensajes. Decides que ya has ejercido bastante de buen amigo y que es mejor dejar que se arregle por sí mismo o el que acaba con depresión eres tú y tu pareja se acaba hartando de tanto quedar con él, y le dices la palabra clave: NO. Hoy no puedo. Escribiendo… escribiendo… escribiendo… madre mía, qué me irá a decir…

Si lo entiendo, no te preocupes, soy un coñazo, no hay quien me aguante, demasiado me has soportado ya, eres muy buena persona, tengo mucha suerte de tener tu amistad, pero es que estoy tan mal, es tan duro esto, y cuando estoy contigo siento mucho alivio, pero lo entiendo, de verdad, tú tienes que hacer tu vida, tienes más suerte que yo, soy un pobre desgraciado, nadie me quiere, nadie me soporta, ni siquiera mi mejor amigo, pero déjalo, ya me arreglaré, la suplicaré y si no quiere volver sufriré en solitario, mientras tú eres feliz con tu pareja, yo seguiré pasándolo mal por ella, y es que la quería tanto, estoy tan triste desde que se fue, pero no te preocupes por mi, vete con tu chica, de verdad te lo digo, que intentaré superarlo, gracias por todos estos días aguantándome… entiendo que soy muy aburrido, un ser horrible e insoportable, moriré solo

Ya te cargó la piedra. Te hizo el chantaje emocional. Quiere hacerte sentir culpable por ser feliz cuando él no lo es y achacarlo a su mala suerte, para crearte la obligación de seguir consolándole. Y si caes en la trampa, pasas al rol del cuidador, del que hablaré en el siguiente artículo.

Las víctimas no sólo cargan piedras a los demás, sino que llevan la suya propia: no son capaces de enfrentarse a sus problemas, y siempre buscan ayuda. Es muy sano buscar apoyo social cuando estás pasando por un mal momento, pero si ese mal momento se convierte en un mal año y sigues tirando de amigos y/o familia, no vas a ser capaz de quitarte la piedra de la indefensión, que conlleva dejar el control de tu vida en manos de otras personas.

Si recurres tanto a los demás es porque no te ves capaz de enfrentarte a tus miedos. Y que si has ido perdiendo amigos a lo largo de tu vida es porque se acaban cansando de ser tus salvadores. ¿Te has preocupado alguna vez por el efecto que produces en tu gente más cercana? Las víctimas tienden a pensar que son las personas más desgraciadas del mundo y que los demás han tenido mucha más suerte. ¿Piensas así? Puede que tengas un déficit de autoestima, por lo que si quieres estar bien, aprende a quererte luchando por ti mismo. Te va a costar, pero a la larga te sentirás mucho mejor. Y si no lo consigues, para eso estamos los psicólogos… que te pongan la oreja a veces no es suficiente.

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Piedras en la mochila: el rol femenino

Vamos con las damas. Volviendo a Grease, el personaje de Sandy encajaría perfectamente con el papel del macho en las diferentes especies (comentado en el artículo anterior): la hembra se está haciendo la “dura” para que quien la monte tenga que esforzarse al máximo y demostrar que es el más fuerte, así se asegura la mejor herencia genética para su prole. La famosa selección natural de Darwin: la supervivencia de los más aptos.

Pero hay una diferencia abismal entre el ser humano y el resto de las especies, y es que la cópula no se hace sólo con función reproductora. Por eso me parece mucho más interesante en Grease el papel de otra mujer: Rizzo. Éstas son estrofas de la canción que interpreta en la película:

Hay cosas peores que podría hacer
que irme con un chico… o dos
a pesar de que la gente piense que soy una cualquiera y no soy buena.

Podría quedarme en casa todas las noches
esperando el chico perfecto
darme duchas frías todos los días
y desperdiciar mi vida por un sueño que puede no convertirse en realidad.

Esta es la gran piedra en la mochila que hemos soportado las mujeres años atrás y que aún hoy, por desgracia, sigue existiendo: reprimir nuestra sexualidad por miedo a parecer una “mala mujer”, y que los demás piensen que porque te guste el sexo no tienes sentimientos, como también canta Rizzo:

No robo, no miento,
pero siento y lloro,
cosas que seguro que tú desconoces.

Pero no es el único lastre que llevamos. Hemos invertido los papeles: en lugar de ser ellos los “más bellos” tenemos que serlo nosotras. Aquí la tendencia es totalmente anti-natura: las mujeres somos más gorditas que los hombres, precisamente porque la reproducción está en juego, necesitamos un mínimo de un 10% de grasa corporal para tener el periodo. En cambio, el estereotipo ideal es el de una mujer muy delgada, que, salvo casos de metabolismos privilegiados, tiene que PASAR HAMBRE para poder mantener ese cuerpo “ideal”. ¿Y por qué nos castigamos así?

Mientras la mujer no tuvo poder se tuvo que plegar al hombre, soportando maltrato e infidelidades. Pero una vez nos independizamos económicamente, parece que nos contagiamos de la competitividad de los machos: tenemos que ser competentes, inteligentes, trabajadoras, guapas, altas, delgadas y, por supuesto, no dejar de ser buenas madres y esposas. O sea, que llevamos una mochila en la que cabe el Everest entero. Y somos ahora nosotras las que rivalizamos por conseguir al macho que nos gusta.

Podría herir a alguien como yo
por despecho o por celos

Es el comienzo de la última estrofa de la canción. En el afán por conseguir a un hombre tiramos piedras contra nuestro propio tejado, empeñándonos en ver defectos en las mujeres que actúan de forma diferente a como lo hacemos nosotras. Así, las “santas” critican a las “ligeritas” y viceversa, pero sólo cuando hay un hombre de por medio. Y si no lo hay, tan amigas.

Chicas, no os equivoquéis. No os dejéis manipular. Al igual que una mujer que se “hace la dura” para conseguir a un hombre, sinceramente, no merece la pena, tampoco la merece un hombre que actúa de la misma forma. Si a otra le interesa, que se lo quede. La amistad y la solidaridad entre mujeres y hombres no sexistas es mucho más importante, porque si hemos conseguido evolucionar, para poder estudiar, formarnos, trabajar, ser independientes, tener incluso puestos de responsabilidad, ha sido precisamente por estar unidas y por esos hombres que no cumplen con el rol típico masculino, a los que invité en el pasado artículo a conocernos de verdad. Este tipo de hombre es el que debe perdurar para una sociedad más igualitaria, así que, puesto que somos las más implicadas en la reproducción, ya sabéis ¡selección natural! Quédate con el que realmente te respeta, te valora, te trata como a un igual y… ¡no espera que seas perfecta!

Rolfemenino