LOS 7 PECADOS CAPITALES: LA ENVIDIA

Yo sé que me critican
Me consta que me odian
La envidia les corroe
Mi vida les agobia…

Vuelvo a las canciones. Como dirían Alaska y Dinarama: los envidiosos son los que critican, odian y se agobian ante personas, por ser apreciadas o incluso admiradas a pesar de no seguir estrictamente las normas sociales, y que deciden no adaptarse a los demás a costa de su propia personalidad. Y esto ocurre porque les carcome que alguien sea capaz de hacer lo que ellos no se han atrevido, o no han tenido el valor, la fuerza y constancia suficientes para conseguirlo.

La envidia puede estar presente en todas las esferas de nuestra vida:

–   En el colegio, cuando el “empollón” se gana el favor de los profes.
–   En la adolescencia, cuando tu amigo/a liga más que tú.
–   En el trabajo, cuando ascienden al compañero
–   En el deporte, tanto de competición como aficionado, cuando otro corre, salta, pega o es más rápido que tú.

Dicen que las comparaciones son odiosas, y estoy bastante de acuerdo con esa frase. Puede ser bueno compararse si eso te ayuda a progresar y evolucionar, pero cuando la envidia no es “sana”, la tendencia es a menospreciar las cualidades del otro para así sentirse menos inferior. ¿Por qué? Porque es más fácil.

Los envidiosos a menudo comenten otro pecado capital: la pereza. Criticar implica poco esfuerzo, al igual que difamar. En cambio, eso de intentar llegar al nivel del otro… huy qué cansado. O sea, en lugar de “espera, que voy a ponerme a tu altura“, es más bien un “te voy a hacer bajar de ahí porque no me apetece esforzarme en subir“.

La envidia puede anidarse en un ser humano en la niñez y convertirse en un virus que en la edad adulta no sólo va a hacer enfermar a quien lo padece, sino a las personas de su entorno. Para evitarlo, los padres tienen que estar muy atentos, desde que el niño comienza a tener uso de razón, a no hacer comparaciones entre hermanos o compañeros de clase. Cada persona es única, y si en algo otros destacan más, mejor para ellos, seguro que tu hijo/a tiene otras cualidades que puedes fomentar en lugar de  intentar por todos los medios tener en casa al hijo perfecto. Los padres con esa tendencia a que su “niño/a” sea el “number one” suelen ser frustrados que pretenden que sus hijos lleguen donde ellos no llegaron.

–   No sé qué le pasa conmigo, no le he hecho nada y siempre me lleva la contraria.

Una de las conductas más reconocibles en un envidioso es que sistemáticamente cuestione todo lo que dices y adopte un punto de vista opuesto sin apenas argumentos. El envidioso suele estar más pendiente de la persona objeto de su envidia que de sí mismo, y es incapaz de reconocer el esfuerzo del sujeto envidiado. Si nos vamos a los refranes, son los que buscan la paja en el ojo ajeno sin preguntarse si ellos portan una gran viga.

Mira hacia adentro de ti mismo cuando sientas envidia hacia alguien, y pregúntate si realmente quieres ser como esa persona. Si es así, lucha por serlo sin necesidad de menospreciarle/a. Si no, busca tus propios objetivos y sé tú mismo. Si, en cambio, eres de los que sufren la envidia de los demás, recuerda que el envidioso en el fondo es un infeliz, haz caso a Alaska y entona el estribillo de su canción:

A quién le importa lo que yo haga…

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Los 7 pecados capitales

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, rezan los evangelios. O sea, que como no somos perfectos tenemos que pensarnos un poco antes de condenar los errores ajenos. Entonces… ¿podemos “pecar” de vez en cuando sin temor a que nos juzguen? ¿O, por el contrario, si hago algo “malo” me convierto en mala persona?

El ser humano tiende a las dicotomías para simplificar la toma de decisiones. Si alguien os dice que fulanito es buena persona, y le preguntáis ¿por qué lo dices?, lo más probable es que te conteste: porque no ha hecho daño a nadie. Es decir, si no es malo, es bueno. Pero no es tan sencillo. La simplificación conlleva errores, y a veces es tan restrictiva que se constituye en otra piedra más de la mochila. Esto ocurre cuando nuestro esquema de valores que determina lo que es “bueno” o “malo”, se convierte en inamovible pese a quien pese, caiga quien caiga y sean las circunstancias que sean.

A la mayoría de nosotros nos gusta considerarnos “buenas personas”, pero como somos humanos y no androides ¿qué pasa si caemos en la tentación y hacemos algo que se sale de nuestros parámetros de “bondad”? ¿Nos volvemos “malos”? Este es uno de los conflictos por que veo a menudo en consulta.

No voy a seguir hablando de piedras, sino que voy a dedicar los próximos artículos a hacer un análisis psicológico de los pecados capitales. Y para cerrar esta serie de “piedras en la mochila” os pongo ejemplos de “pecaditos” con los que no tenemos por qué cargar:

Envidia: es muy popular decir “envidia sana” cuando quieres ser como alguien a quien admiras, o cuando te alegras de la suerte que ha tenido otra persona. Bueno, pues si alguna vez sin poderlo evitar te alegras también de que ese ser al que envidias tenga un tropiezo, no te tortures. Mientras no le hagas vudú…

Lujuria: pongamos que tienes el esquema prefijado de “no tengo relaciones sexuales con alguien de quien no esté enamorado/a”. Tienes un día tonto, te encuentras a alguien por quien te sientes inevitablemente atraído y… te comes la manzana. ¡Fuera remordimientos! ¡Que la vida son dos días!

Soberbia: llevas un porrón de años trabajando para una misma empresa sin que te reconozcan tus méritos en forma de aumento de sueldo o categoría y has visto ascender a gente más nueva que tú por enchufismos y/o peloteos. Te sale una oferta mejor y te haces un Kevin Spacey en “American Beauty”: ahí os quedáis, me piro. ¿Soberbia? Pues sí ¿qué pasa?

Ira: te pisan un callo y… es broma, lo digo porque un ataque de ira lo podemos tener cualquiera, la cuestión es pedir disculpas y hacer lo posible por controlar posteriores salidas de tono.

Avaricia: estás con ese amigo al que le cuesta encontrar las monedas en el fondo de su bolsillo, estás harto de ser su patrocinador y decides esperar a que pague, si es necesario esperando hasta que se derrita el Polo Sur. ¿Será capaz el muy caradura de llamarte tacaño a ti? Pues que piense lo que quiera, pero que se estire de una vez.

Gula: mi pecado favorito jajaja. No tengo más que pensar en un plato que me guste muchísimo y… recuerda que cuánto menos lo comas más rico te sabrá, así que no abuses. Pero si un día te pasas… ¡a hacer ejercicio para compensar!

Pereza: uf qué pesado, por eso me lo dejo para el final… y porque es de los que llevan a la depresión, por lo que puede que sea de los peores desde el punto de vista psicológico. Como con el resto de pecados, todo está en la medida. Un poco de descanso sirve para ponerte las pilas. ¡Pero un poco! Recuerda que el “sillónbol” no es un deporte.

¡Hasta la semana que viene!

7Pecados

Piedras en la mochila: el rol de líder

Al leer la palabra “líder” seguro que os ha venido a la cabeza más de una persona, bien famosa, bien de vuestro entorno, o incluso vosotros mismos. Es una palabra bonita, por lo general asociada con el triunfo, el éxito, la seguridad en uno mismo y una vida plena. ¿Qué piedras en la mochila puede tener entonces un líder?

–   Mamá, mamá, yo de mayor quiero ser como Arguiñano.
–   ¿Cocinero?
–   ¡No! Rico, rico, rico…

Un líder puede ser alguien que se ha planteado llegar a ser rico y famoso y va a hacer todo lo posible por conseguirlo. Por lo general los que acaban teniendo riqueza y poder se valen de los demás para conseguir sus metas, utilizándolos como escalones en su carrera hacia el éxito. Es decir, los pisan sin ningún tipo de consideración, y no miran atrás. Porque si echan un vistazo a ver cómo han quedado aquellos a los que han dejado por el camino, igual cargan con alguna piedra en la mochila… la del remordimiento.

Pero también puedes ser un líder porque tienes unas cualidades innatas que te destacan sobre el resto (un don). En ese caso, te acostumbras a ser admirado desde niño, porque es muy agradable, y vas a intentar mantenerlo, pudiendo llegar a obsesionarte con no “fallar” a tus seguidores. Si soy muy inteligente tengo que demostrarlo, si soy muy guapo tengo que cuidarme, si soy muy bueno en mi deporte tengo que entrenar duro y no dejar que nadie me gane… incluso llegando al extremo de no consentir que nadie sea “más” que tú (aunque sea negativo):

–   Fui a la piscina el otro día y me hice 60 largos.
–   Pues yo me hice 80.
–   Me caí tres veces con la bici.
–   Pues yo seis.

Otra piedra es el “estás conmigo o contra mi”. Si te señalan un error puedes tomarlo como un fallo: horror, voy a dejar de gustar. No puedo admitirlo. No quiero. Quien me ha criticado es un envidioso, una mala persona, me odia. Se va a enterar, voy a por él. Es posible que la crítica haya sido constructiva pero no eres capaz de reconocer ese error por miedo a parecer débil o menos “perfecto”, así que cada vez se hace más grande y más peso en tu mochila. Y a eso le añades además esa necesidad de venganza de quien ha osado mostrarse en desacuerdo contigo.

Y vamos con otra piedra más: de repente te encuentras con alguien que crees que es mejor que tú… y a tomar por saco tu autoestima. Todos los que antes te aplaudían a ti ahora le aplauden a él/ella. Horror. Soy una mierda. Odio a esa persona. Ya estás cayendo en uno de los 7 pecados capitales (avance de mis próximos artículos): la envidia. Los envidiosos no son los demás. Eres tú.

Un líder no tiene por qué ser perfecto: el que lo es “de verdad” admite críticas e incluso puede dar el relevo a alguien con más cualidades sin por eso sentirse menos. No es algo tan simple como ser el mejor: hay muchos matices. Ahora depende de si lo que te importa es tener dinero y poder y que te hagan la ola, o tener gente a tu alrededor que realmente te aprecie por quien eres y no por lo que aparentas. Es difícil tener ambas cosas así que… tú eliges.

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Piedras en la mochila: el rol de cuidador

En el artículo anterior comenté que las víctimas tienden a cargarse a la espalda la piedra de la indefensión. Si la persona a la que recurren persiste en esa ayuda que le están demandando, se sentirán cada vez más indefensos, así que al final el supuesto apoyo resulta más perjudicial que beneficioso. Y quien está ayudando a la víctima también carga con peso en su mochila.

El rol de cuidador está presente en muchas esferas y con diferentes personas. Con los hijos es necesario, porque los seres humanos nacemos con la necesidad de ser cuidados, no podemos sobrevivir solos, y dada la complejidad de nuestra sociedad ese cuidado se prolonga durante años. Pero parece que hay personas que aún teniendo hijos no deben tener bastante para cuidar y desarrollan ese rol paterno/materno con su pareja:

“Necesitas alguien que te cuide”

Seguro que habéis oído alguna vez esta frase, y que hasta incluso os parece “romántica” y da muestra del “amor” que siente el otro/a hacia ti. Oooooh. Que suene la música. Que aparezca la Bella Durmiente bailando el vals mientras su vestido cambia de color. Su príncipe azul la salvó y ahora la cuidará y serán felices y comerán perdices…. y colorín colorado este cuento se ha acabado. Yujuuuu ¡estamos en el mundo real!

Lo cierto es que en esto de empeñarse en cuidar no hay distinción de género, aunque se justifique de forma diferente. Los hombres son los príncipes azules y las mujeres las bondadosas mamás. Y también hay hombres, sí, que ejercen de padres con sus débiles cónyuges porque ya sabemos que el femenino es el sexo débil. Vaya, qué fastidio, si resulta que algunas hasta hacemos karate… 😉

Bromas aparte, no se trata de cuidar. Se trata de respetar, de comprender, de apoyar o de dar cariño en todo caso. Cuidar es otra cosa. Cuidar conlleva una relación de desigualdad: como yo soy más fuerte que tú, tengo la obligación de cuidarte. ¿En qué te convierte en eso a ti? En una persona débil. ¿Y eso lo haces por amor? No, lo que hay es miedo. Miedo a que si no cuidas a tu pareja serás prescindible para él/ella y te puede abandonar. Así que aunque no tenga una víctima que le cargue la piedra del chantaje emocional, el cuidador ya se carga la suya propia: la inseguridad.

 “Cariño, no te preocupes, ya me encargo yo”

Y ésta es la segunda piedra: la responsabilidad. Yo me cargo con todo. Hasta tal punto de que soy yo el culpable si mi pareja hace algo mal. Hablo de aquellas personas que sienten vergüenza si su cónyuge no se comporta como ellos creen que deben hacerlo (consideran que “hace el ridículo”) o se echan la culpa de que no consiga sus objetivos a pesar de su apoyo incondicional y constante. Si no has dejado que se equivoque y que encuentre su motivación sin tener que estar tú detrás ¿cómo va a aprender a enfrentarse con las dificultades? ¿Qué prefieres, que esté contigo porque cree que te necesita o porque te ha elegido libremente?

Esto vale también para los padres que sobreprotegen a sus hijos: id soltando lastre a medida que van creciendo. Y no por vosotros, sino por ellos. No los convirtáis en víctimas, dejad que tropiecen y si queréis les ayudáis a limpiarse el polvo cuando se levanten, pero dejad que se pongan en pie por sí mismos.

Una persona adulta que no está enferma no necesita que la cuiden. Necesita alguien a su lado, no alrededor envolviéndola con una capa como si fuera Superman. Lo bonito es colaborar, apoyarse mutuamente y evolucionar juntos. Lo de cuidar mejor lo dejamos para Disney y sus princesitas.

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Piedras en la mochila: el rol de víctima

Suena el teléfono. Descuelgas. Al otro lado oyes sollozos que intentan articular palabra pero no entiendes absolutamente nada.

– ¿Qué ha pasado? ¿Por qué lloras?
– Tío… hip hip… estoy fatal hip hip… (ataque de llanto)
– Tranquilo, respira, toma aire…
– Que me ha dejado tío, que me ha dejado, se ha ido… hip hip… necesito verte.

Accedes a quedar y así empieza un culebrón donde siempre estás escuchando el mismo guión con matices cada vez más dramáticos:

Qué voy a hacer ahora, cómo se lo digo a mis padres, y ya no voy a ver a su sobrino, con lo que yo le quiero, otra vez he vuelto a fracasar, soy un desastre, soy una mierda… no lo entiendo, he intentado hablar con ella y no quiere ¿tan mal me he portado? No me lo merezco, no es justo, y es que fíjate, yo que llego tranquilamente a casa y me encuentro que ha hecho las maletas…

Te vuelve a contar la película por quincuagésima novena vez, y así hasta el infinito. Tu amigo está mal, pero tú ya empiezas a desarrollar aversión al sonido del WhatsApp temiendo que sea él y le coges manía a las caritas de pena, llanto y súplica con las que adorna sus mensajes. Decides que ya has ejercido bastante de buen amigo y que es mejor dejar que se arregle por sí mismo o el que acaba con depresión eres tú y tu pareja se acaba hartando de tanto quedar con él, y le dices la palabra clave: NO. Hoy no puedo. Escribiendo… escribiendo… escribiendo… madre mía, qué me irá a decir…

Si lo entiendo, no te preocupes, soy un coñazo, no hay quien me aguante, demasiado me has soportado ya, eres muy buena persona, tengo mucha suerte de tener tu amistad, pero es que estoy tan mal, es tan duro esto, y cuando estoy contigo siento mucho alivio, pero lo entiendo, de verdad, tú tienes que hacer tu vida, tienes más suerte que yo, soy un pobre desgraciado, nadie me quiere, nadie me soporta, ni siquiera mi mejor amigo, pero déjalo, ya me arreglaré, la suplicaré y si no quiere volver sufriré en solitario, mientras tú eres feliz con tu pareja, yo seguiré pasándolo mal por ella, y es que la quería tanto, estoy tan triste desde que se fue, pero no te preocupes por mi, vete con tu chica, de verdad te lo digo, que intentaré superarlo, gracias por todos estos días aguantándome… entiendo que soy muy aburrido, un ser horrible e insoportable, moriré solo

Ya te cargó la piedra. Te hizo el chantaje emocional. Quiere hacerte sentir culpable por ser feliz cuando él no lo es y achacarlo a su mala suerte, para crearte la obligación de seguir consolándole. Y si caes en la trampa, pasas al rol del cuidador, del que hablaré en el siguiente artículo.

Las víctimas no sólo cargan piedras a los demás, sino que llevan la suya propia: no son capaces de enfrentarse a sus problemas, y siempre buscan ayuda. Es muy sano buscar apoyo social cuando estás pasando por un mal momento, pero si ese mal momento se convierte en un mal año y sigues tirando de amigos y/o familia, no vas a ser capaz de quitarte la piedra de la indefensión, que conlleva dejar el control de tu vida en manos de otras personas.

Si recurres tanto a los demás es porque no te ves capaz de enfrentarte a tus miedos. Y que si has ido perdiendo amigos a lo largo de tu vida es porque se acaban cansando de ser tus salvadores. ¿Te has preocupado alguna vez por el efecto que produces en tu gente más cercana? Las víctimas tienden a pensar que son las personas más desgraciadas del mundo y que los demás han tenido mucha más suerte. ¿Piensas así? Puede que tengas un déficit de autoestima, por lo que si quieres estar bien, aprende a quererte luchando por ti mismo. Te va a costar, pero a la larga te sentirás mucho mejor. Y si no lo consigues, para eso estamos los psicólogos… que te pongan la oreja a veces no es suficiente.

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Piedras en la mochila: el rol femenino

Vamos con las damas. Volviendo a Grease, el personaje de Sandy encajaría perfectamente con el papel del macho en las diferentes especies (comentado en el artículo anterior): la hembra se está haciendo la “dura” para que quien la monte tenga que esforzarse al máximo y demostrar que es el más fuerte, así se asegura la mejor herencia genética para su prole. La famosa selección natural de Darwin: la supervivencia de los más aptos.

Pero hay una diferencia abismal entre el ser humano y el resto de las especies, y es que la cópula no se hace sólo con función reproductora. Por eso me parece mucho más interesante en Grease el papel de otra mujer: Rizzo. Éstas son estrofas de la canción que interpreta en la película:

Hay cosas peores que podría hacer
que irme con un chico… o dos
a pesar de que la gente piense que soy una cualquiera y no soy buena.

Podría quedarme en casa todas las noches
esperando el chico perfecto
darme duchas frías todos los días
y desperdiciar mi vida por un sueño que puede no convertirse en realidad.

Esta es la gran piedra en la mochila que hemos soportado las mujeres años atrás y que aún hoy, por desgracia, sigue existiendo: reprimir nuestra sexualidad por miedo a parecer una “mala mujer”, y que los demás piensen que porque te guste el sexo no tienes sentimientos, como también canta Rizzo:

No robo, no miento,
pero siento y lloro,
cosas que seguro que tú desconoces.

Pero no es el único lastre que llevamos. Hemos invertido los papeles: en lugar de ser ellos los “más bellos” tenemos que serlo nosotras. Aquí la tendencia es totalmente anti-natura: las mujeres somos más gorditas que los hombres, precisamente porque la reproducción está en juego, necesitamos un mínimo de un 10% de grasa corporal para tener el periodo. En cambio, el estereotipo ideal es el de una mujer muy delgada, que, salvo casos de metabolismos privilegiados, tiene que PASAR HAMBRE para poder mantener ese cuerpo “ideal”. ¿Y por qué nos castigamos así?

Mientras la mujer no tuvo poder se tuvo que plegar al hombre, soportando maltrato e infidelidades. Pero una vez nos independizamos económicamente, parece que nos contagiamos de la competitividad de los machos: tenemos que ser competentes, inteligentes, trabajadoras, guapas, altas, delgadas y, por supuesto, no dejar de ser buenas madres y esposas. O sea, que llevamos una mochila en la que cabe el Everest entero. Y somos ahora nosotras las que rivalizamos por conseguir al macho que nos gusta.

Podría herir a alguien como yo
por despecho o por celos

Es el comienzo de la última estrofa de la canción. En el afán por conseguir a un hombre tiramos piedras contra nuestro propio tejado, empeñándonos en ver defectos en las mujeres que actúan de forma diferente a como lo hacemos nosotras. Así, las “santas” critican a las “ligeritas” y viceversa, pero sólo cuando hay un hombre de por medio. Y si no lo hay, tan amigas.

Chicas, no os equivoquéis. No os dejéis manipular. Al igual que una mujer que se “hace la dura” para conseguir a un hombre, sinceramente, no merece la pena, tampoco la merece un hombre que actúa de la misma forma. Si a otra le interesa, que se lo quede. La amistad y la solidaridad entre mujeres y hombres no sexistas es mucho más importante, porque si hemos conseguido evolucionar, para poder estudiar, formarnos, trabajar, ser independientes, tener incluso puestos de responsabilidad, ha sido precisamente por estar unidas y por esos hombres que no cumplen con el rol típico masculino, a los que invité en el pasado artículo a conocernos de verdad. Este tipo de hombre es el que debe perdurar para una sociedad más igualitaria, así que, puesto que somos las más implicadas en la reproducción, ya sabéis ¡selección natural! Quédate con el que realmente te respeta, te valora, te trata como a un igual y… ¡no espera que seas perfecta!

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Piedras en las mochila: los roles. Los caballeros primero: el rol masculino

Hoy en vez de canciones voy a ilustrar el artículo con una escena de una película muy conocida: Grease. Los protagonistas, que viven un amor de verano, se reencuentran inesperadamente en el instituto. En ese momento, la reacción del chico es de alegría, pero en cuanto es consciente de que sus amigos le están mirando cambia el gesto:

Aquí estoy muñeca ¿qué te cuentas? ¿Te has dado un largo paseo por aquí sólo para venir a verme?

Danny cuando está con sus amigos parece una persona muy diferente a la que Sandy conoció en la playa: está desempeñando un rol típicamente masculino para ser aceptado y admirado en su grupo. Hay que ir de duro con las chicas para parecer más hombre. O sea, estamos ante el típico rol de machito ibérico, que diríamos en España. Sandy, por el contrario, ha sido educada entre lazos rosas y visillos con bodoque y su rol es el de puritana que mantiene a raya a los hombres porque piensa que sólo buscan su “virtud” y tiene que “hacerse valer”. Es decir, un rol de auténtica mojigata.

El personaje interpretado por Travolta representa muy bien lo que hacen los machos en la mayoría de las especies, cuya máxima expresión es el pavo real. Aquí estoy yo, soy el más guapo, el más machote, el que más liga y tendrás suerte si me acerco a ti, pequeña. La hembra, al ser la más implicada en la reproducción, es quien tiene que seleccionar entre los machos el más apto para la supervivencia de la especie. De ahí que en la mayoría de los animales el sexo masculino sea mucho más llamativo (plumaje, color, cornamenta, etc.)  que el femenino, e incluso compitan con otros machos para conseguir plantar en la hembra su semillita.

¿Qué piedras lleva acarreadas el rol masculino (machista, más bien) en el ser humano? Las más típicas y conocidas son:

–   Los hombres no lloran.
–   Tienen que ser los mejores en todo.
–   No hay que saltarse el “código de honor” masculino.

La sociedad ha ido evolucionando y esos planteamientos no están tan claros, pero en muchos casos siguen apareciendo. Los hombres ahora sí lloran, pero ojo con mostrar emociones típicamente atribuidas al sexo femenino, sobre todo aquellas que les hacen parecer débiles. Las estadísticas muestran mayores índices de depresión en mujeres que en hombres, pero más alcoholismo entre estos últimos. No está mal visto que una mujer se deprima, pero sí que lo haga un hombre. Por eso, en lugar de admitir que están mal y pedir ayuda ahogan sus penas en el fondo de una botella. En lugar de quitarse una piedra cargan con la cantera entera.

En cuanto a ser los mejores en todo, hay dos vertientes: a nivel laboral, sentirse obligados a ascender y para ello soportar largas jornadas laborales, servilismo ante los superiores y mucha competitividad, dando y recibiendo puñaladas traperas a diestro y siniestro. A nivel familiar, el rol típicamente masculino dicta que el hombre es quien toma las decisiones importantes, dejando a la mujer un papel secundario. Así que la responsabilidad no se comparte, se la queda toda el hombre. Más peso sobre sus espaldas.

Y respecto al “honor” masculino, me refiero a ese afán de ser “leales” con sus colegas, como cuando se prohíben salir con la ex de un amigo o cuando se molestan porque una mujer les “roba” el tiempo que ese amigo antes le dedicaba. O sea, me quito la oportunidad de conocer a alguien que podría ser muy importante en mi vida, y compito con la novia de mi colega. ¡Vaya plan!

Volviendo a Grease, para que Danny y Sandy puedan estar juntos los roles se tienen que ajustar. Y en realidad lo que hacen es quitarse la piedra que suponen: él deja de ser un ligón empedernido y ella una ñoña reprimida. El rol masculino es una gran losa si no consigues salirte de él. Piensa en ti mismo, en quién eres y en lo que quieres ser. Y si no encajas entre los hombres de tu entorno, prueba con las mujeres. Tranquilo, que no vas a cambiar de orientación sexual y a lo mejor resulta que aprendes mucho más no sólo de ellas, si no de ti mismo.

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